Tres historias de una No-vida
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Y disrumpe la eternidad la última ceniza del letargo, bañando los parajes de naranja cuan cultivo, anunciándose un crepúsculo liberador, liderado por un violeta que lentamente se desvanece en las tinieblas. Quienes disfrutasen del efímero fulgor del sol quedarían cegados, para el momento en el que los que restaban ciegos podrían ver.

Y surge de la noche oscura un ápice de esperanza, una chispa naranja como el alba; y él puede ver, puede leer. Se acerca a lo único que existe en los intervalos de un horizonte vacío, y la llama se aviva con sus deseos e ilusiones y le permite ver. Un candil, un faro que le conduzca al sino de aquellos que no saben que viven en un libro, y aún menos que tiene las páginas contadas. La luz, tras una macabra sonrisa que se burla, ilumina mil libros, y como aquel lector nocturno, seleccionó en su infinita biblioteca aquellos que aún estaban por escribir.

Y alza su farol para ver donde los demás no ven, y lee sus vidas:

Comenta una lectura sobre una semilla, un niño vacío en ánima y ventura, un bastardo desdeñado quien dejó de vivir en su cuerpo, solo para vivir en sus recuerdos de otra vida con su madre. Su madre… Sus palabras hace tiempo que abandonaron las páginas de este libro.

Reside junto con otros de su misma condición, compartiendo ese finísimo hilo de orfandad que tan solo alimenta su amargura. Bajo un techo que no es techo, en una casa que no es casa porque nadie habita, observa en ayunas la luna de una noche que no es noche. En el título solo leen verdades que nadie va a leer jamás, porque nadie jamás leerá ese libro de un niño que vive sin vivir en él. “Mamá, mamá, estoy solo. Mamá, por favor, llévame contigo”

El farol ríe, ríe en vileza apagando tenue su luz para cederla a otro farol apagado, otro que ilumine a un inminente lector que viva a través de sus libros. Estaba leyendo un relato donde no hay relato, donde los personajes no existen y la historia es conocida desde la portada, llenando las páginas de un inmenso desamparo.

Por eso el lector acogió un libro inacabado, y alza su pincel para dibujar un nuevo sino. Un boceto que cubra las páginas, tantas páginas, que aún están en blanco porque a alguien se le olvidó.

Sentado en el arcén con los ojos en blanco, una chispa naranja ilumina su rostro. Levanta la cabeza para observar una calle solo iluminada por el claro de luna, tan vacía y tan fría como lo debía ser. Como quería que fuese. Pero algo se retorcía en el suelo, algo tan inocente que sería el fruto de cualquier fobia, y cuanto menos en verlo saltó de pavor. Por un momento, por un solo instante pudo verse, el huérfano pudo sentir que estaba vivo, pudo adivinarse que el relato podría tener un final.

La vermifobia ya es de por sí irracional, pero aún le resultó más cuando se percató que no era más que una golosina, un dulce alargado de colores, con tonalidades amarillas y fluorescentes de verde y rosa, igualmente repugnante como sus primos anélidos. Pero lo que pudiere parecer un mero descuido de un niño despistado tornó en todo un sendero de estos pequeños en la soledad de los callejones. Así, el temor tornó en curiosidad, y está en unos breves párrafos de vida en vida.

Y quién sabe, que no hable, pues puede que la narración tornase en un sentido más allá de las palabras. Sigue así el pequeño desconocido su dulce senda, encontrándose en lo más profundo de la villa, en aquel rincón donde no habría nadie porque nadie allí iría a parar, y conoce a un personaje peculiar. Una calabaza descansa al final de la ruta, tallada, e iluminada por una vela que hablaba por alguien más.

“Permíteme, tú, huérfano inocente, escribir tu historia más allá de donde debería acabar. Te cederé la vida que no has vivido, muerto en el corazón, si en esta noche donde la muerte reina, me demuestras que puedes vivir. Enardece la chispa de tu corazón para también hacerlo en mi farol, y así poder ver yo más allá de donde debería y buscar lejos de la razón.”

Nuestro compañero agacha la cabeza indicando agradecimiento por tan solo una esperanza, una chispa que avivar, y sonríe. Hacía mucho tiempo que no sonreía. Y vuelve corriendo cuan maratón a su más que humilde morada, y con la desgastada manta para dormir y mucho ingenio se esconde disfraz de espectro, tan patético y a su vez tan tierno que llamó la atención de los demás que allí restaban.

Pues ciertamente, ¿qué tendría de malo huir por una sola noche de sus males solo para recordar que son lo que son: niños? Y así fue como muchos lo acordaron, y pudieron disfrutar como lo hubieran hecho antaño de una velada tan especial en el año. Poca gente encontraron en el pueblo, mientras robaban todo un arsenal de dulces que iban encontrando abandonados puerta por puerta. Vestidos de forajidos, de demonios, de brujas y algún personaje televisivo; vestían de todo menos de tristeza. Esos instantes resultaron mágicos para ellos, y ninguno los dejaría escapar jamás.

El amanecer asomaba, y procedieron todos a su rutina, pero esta vez algo diferente. Tal vez se hubiese formado un vínculo más allá de las penurias, solo el tiempo dirá. Pero antes de nada, el infante infeliz quiso devolver su hortaliza al lugar de donde la recogió, llena de todas las golosinas que había recopilado. Estaba agradecido, porque en cierta manera su candela ya había cumplido su promesa, porque por una noche pudo vivir más de donde pudiera haber pensado. Pero nada más llegar tropezó, arrojando todas sus recompensas al frío asfalto. Y estas comenzaron a rodar, a nadar contracorriente por el callejón solitario, formando una montaña que lentamente va cogiendo forma. El caramelo y demás dulces masticables se derriten y bailan en consonancia, y fluyen cabellos, fluye ropaje y fluye una sonrisa apretando el puño. Lentamente se empieza a erguir, cada vez más, una figura femenina que alguien podría recordar. Sin falta alguna de palabras, una lágrima baña el suelo, y nuestro huérfano abraza… Abraza a su madre. La abraza por mil siglos y la eternidad que les sigue. La abraza como abrazaba a sus recuerdos, y como ahora abrazará esta memoria por siempre.

“Solo he necesitado del resplandor de tu alegría para alumbrarme en la más sumisa oscuridad que supuso dejarte, pero ahora, por siempre, estaré contigo. Vive, por favor, vive esa vida que hubiera deseado que vivieras, y alumbra mi camino más allá de tu tristeza”.

Y con la llegada del primer rayo de luz, la figura se desmonta y desperdiga como debía, y las páginas del relato surgieron por sí solas, cumpliendo un libro fascinante.

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