Sol de la Pequeña Habana
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Se bajaba del taxi en medio de la calurosa lluvia nocturna, y cerraba la puerta tras de sí.

El automóvil ponía a trabajar su motor una vez más a medida que la silueta se hacía más grande a través de los agujeros en las cortinas

Sus pasos comenzaban a ser cada vez más audibles entre las gotas que furiosa buscaba su muerte contra el lodo y el viento que con rabia golpeaba todo en su camino

Una mano se asomaba por el agujero en la puerta, y la abría lentamente

Allí estaba una vez más

Inclinaba su cabeza lentamente, y luego…


El sol se colaba por agujeros entre la madera

"¡Mi amor! Despiértese, bebecito, que ya es un nuevo día, le estoy preparando el desayuno ya"

"Mamá…"

"¿Si? ¿Qué pasó?"

"Mamá… otra vez pasó…"

"Ah… bebé", dejaba los huevos cerúleos en el tazón y se limpiaba las manos con un paño, "tú sabes que solo son sueños, cuentos para dormir de nuestra mente, sin poder en la vida real, no pasa nada"

"Pero es que si sé, mamá, pero…", tiraba de la manga izquierda de su polera y se secaba una lágrima que se asomaba por su ojo

"Ah, bebé", dejaba el paño sobre la silla y se arrodillaba frente a la cama. Ponía su mano sobre la de su hijo. "No existe. No es real. Los monstruos son falsos. No existen los güijes, ni los arbonívoros, ni los sonrisas negras y aún menos la gabardina. La gabardina es la más falsa de todas. Es decir, ¿una gabardina oscura que vuela y caza niños por la noche? ¿No te parece sacado de "

"Pero yo la vi…"

"En tus sueños, donde nada es real. Aún menos la mayoría de monstruos, excepto por… uno"

"No… ¡No!"

La madre se lanzaba con rapidez sobre la ahora descubierta panza de su hijo y soplaba un viento de cosquillas que lo hacía reír mientras oponía una débil resistencia. La madre entonces daba un beso final antes de dejar la zona de impacto y emprender un viaje para acurrucarlo entre sus brazos.

"Solo tu y yo somos reales. Tu y yo y todo lo que te quiero, mi bebecito hermoso, así que tunturuntú con eso de la babacima"

"Gabardina, mamá", reía

"Es lo mismo", sonreía. "Ya, ordena tu cama que se va a enfriar el desayuno. Hice los huevos azules que te gustan"

"Gracias, mamá… Te quiero mucho"

"Y yo a ti, mi pequeño"


El abrazo del sol era uno cálido

Su corazón latía con fuerza una canción mientras sus pisadas hacían eco de ella entre el lodo y las piedras. Una segunda y tercera voz resonaban por detrás una enérgica melodía con una armonía solo posible para estos tres. Llegaba a su fin la canción cuando en la esquina de los vidrios rotos se detenían.

"Ugh, ¿cómo es que siempre ganas?", jadeaba el corista

"Y-Ya basta, ahí están l-los vidrios. No nos dejan p-pasar de ahí", la interrumpía la necesidad de respirar la corista. "¿P-por qué siempre tienen que hacer c-carreras?"

"No siempre, solo a veces, cuando hace un buen día. Hoy es uno de ellos", cantaba victoria el vocalista

"Ja, ¿y por qué no vas al cuadri del Alcant a ver qué pasa? Si dices que hoy hace buen día", se burlaba el chico alto

"¿Me estás desafiando?", levantaba una ceja el chico bajo

"No no no, ni de broma. Son muy pequeños para eso, los matarían", los detenía la chica mediana

"Mira que hasta Yanet se burla de ti, Güijesito", se reía el alto

"No me refería a eso, pero también", sonreía burlona ella

"Más rollo que película eres tú, palo de escoba", lo empujaba juguetonamente el bajo al alto

"Oye que yo admito que a mi me matan; pero yo gozo. Imagina caer por uno de los grandes. ¡Todo un honor!", alzaba los brazos

"Por uno de los grandes conserjes buscando escoba caerás, palo", se golpeaba la panza

Reían los tres, pero se detendrían cuando sus ojos se apostaran al unísonos sobre alguien que se acercaba

Un hombre en gabardina pasaba lentamente por el lado de los niños, con un ceño de largo historial de fruncirse, un bigote en tonos de gris, y un aura de humo de tabaco. El hombre se paró en la esquina, sobre los vidrios rotos, y dejó caer su espalda sobre la pared de madera.

Sacaba una cajetilla de habanos de su bolsillo más grande, y lo retenía entre sus labios mientras intentaba encontrar algo en alguno de los bolsillos. Se percata de como los niños le miran, un poco asustados. Sonríe una dentadura caqui, y sin palabras les entrega un habano a cada niño, quienes los reciben tímidos.

Cuando encuentra sus fósforos, ofrece encender los habanos con un gesto, pero los niños retroceden y luego corren. El hombre en el abrigo ríe, y prende en fuego la punta de su habano.

Lejos de la gabardina, los niños se miran asustados y cansados. El más pequeño tira su habano al suelo y lo pisotea. La niña suelta el suyo tan pronto como corta la mirada con los otros dos. Y el más alto lo deja caer.

"No es real, no es real, no es real", se repite para sí mismo Güije, observando aún el habano destrozado en el suelo.

"Vamos a casa", dice Yanet, antes de tomarlo por el brazo y comenzar a caminar

Palo los sigue, pero se detiene un momento. Da un par de pasos atrás, recoge su habano, y lo esconde entre su camisa, antes de seguir a los otros dos.


El sol golpeaba fuerte entre las rejillas que daban al exterior

Caminaban sobre el duro suelo los tres niños, esquivando las pequeñas pozas de líquido sucio y otros agujeros. El lugar era como un gran pasillo de aire pesado, que solo se permitía iluminar a través de rejillas en lo más alto de sus costados, y con uno de los suelos más duros que hayan pisado alguna vez. Su destino desconocido; su curiosidad insaciable. Seguían ambos a Palo entre los ladrillos y el agua sucia.

"¿Estás seguro de que no te mintió, Palo?"

"Nunca me mentirían, Güije. Soy como familia para ellos"

"¿No que era solo uno tu nuevo amigo?"

"¿Dije uno? Quise decir varios. Pero no importa, Yanet, lo que les digo es real. Lo vi una vez. Confíen en mi"

Luego de algunos minutos de caminar, un montón de mallas naranjas colgando desde el techo comenzaron a llenar la totalidad del pasillo y ecos comenzaron a ser oídos, para que poco después, una tenue luz fuera visible tras una esquina

Tras ella, una gran recámara, decorada con mallas naranjas que se mecían desde los techos, grafitis de variopintas figuras humanoides en vistosos atuendos en las paredes, tuberías dobladas de las que agua limpia se dejaba caer a cuentagotas sobre grandes tazones que alimentaban grandes ollas llenas de humeante caldosa, preparada por viejos chefs de aspecto amigable, cuyas sonrisas reflejaban la cálida luz de las ampolletas que colgaban desde sus propios cables y se perdían entre las mallas del techo, y que competían por ser las más brillantes contras las diversas velas que decrecían por todos lados con raíces fundidas

"¡Les dije que era real! ¡Llegamos! ¡Bienvenidos a Alcant II!"

"¡Dios mío, no puede ser!", exclamaba la chica

"¡Palo, no te creo! ¡Dios! ¡No es posible!", se encontraba atónito el chico

"Abre los ojos que si lo es, Güije"

"Pero, no entiendo, ¿no habían cerrado para siempre Alcant? ¿Cómo pudieron abrirla de nuevo?"

"Eso fue solo un cuento para las masas, Güije. Alcant nunca podría cerrar, todos amaban ese lugar. Solo tuvieron que moverlo"

"¿Por qué?"

"Porque… no sé, Yanet, no tengo todas las respuestas. Pero vengan, vamos a sentarnos antes de que se acaben las sillas"

"Espera, espera, ¿de verdad podemos sentarnos así como si nada?"

"Si, Yanet. De hecho me lo dijeron expresamente. Busca una silla y siéntate, en primera fila incluso si puedes, sin miedo, que Alcant es de todos ahora. O algo así"

"Qué raro"

"Despreocúpate, Yanet. No pasa nada. Confía en mi y disfrutemos de la función"

"No lo sé. ¿Qué opinas tu, Eru—", se interrumpía a sí misma. "¿Dónde está Erubiel?"

Los dos buscaron con la mirada a Güije, hasta que lo reconocieron en la primera fila, saltando emocionado sobre ella.

Palo sonrió burlonamente a la chica, y fue donde su Güije. La chica suspiró y, sin soltar las mangas de su chaleco, fue a sentarse junto a sus dos amigos.

Mientras esperaban, algunos asistentes llegaron y marcaron con tinta la palabra "Alcant" en la mano izquierda de cada joven.

No paso mucho tiempo antes de que más y más gente inundara la gran recámara. Para sorpresa de Yanet, la mayoría eran jóvenes de sus edades, en lugar de adultos como siempre había escuchado. Palo no parecía sorprendido. Erubiel ignoraba completamente su entorno y enfocaba su mirada y entusiasmos en un punto fijo frente a él; el cuadrilátero

El legendario cuadrilátero de Alcant era exactamente como le habían contado que era. Pliegues de corazas de barco fundidos uno sobre el otro, con escalones hechos de escaleras metálicas dobladas, con una barra de metal en cada esquina, y cuatro sogas blancas que las abrazaban, con una de ellas teniendo un aro salvavidas atado en uno de sus extremos, uno en el que se podía leer "CAMPEÓN"

Pronto, un hombre apareció de entre la multitud y, levantando los brazos, gritó a todos los presentes mientras se subía al cuadrilátero.

"¡Bienvenidos sean todos y todas a lo que posiblemente sea el encuentro más importante de todo la historia de Alcant!"

El público grita y aplaude. Erubiel lo hace con aún más entusiasmo. Palo lo sigue, y Yanet no puede dejar de afirmarse sus mangas.

"Pero antes, quisiera agradecer a todos los presentes por estar en donde están, aquí. Sin ustedes, nada de esto sería posible. De verdad, muchas gracias"

Se dejaron oír varios aplausos, y luego un silencio expectante.

"¡Sin límite de tiempo, a primera caída! ¡Hombre contra máquina! ¡Sangre contra carbón! ¡Fe contra vapor! ¡En babor, tenemos al más brillante de la Cofradía, a El Caballero de San Jorge!"

La gente gritaba de emoción y gritaba el nombre de San Jorge en un cántico medianamente organizado.

"¡Y en estribor, aguas de tormenta hierven de furia por sus venas, se alza la voluntad férrea de El Ferrocarril!"

Aplausos y gritos se dejaban oír, alabando lo grande e imponente de El Ferrocarril.

Tan pronto como el anunciador bajo del cuadrilátero, un fuerte golpe en uno de sus lados indicó el inicio de la pelea.

Erubiel observó cada detalle del encuentro, cada golpe, cada movimiento, los impactos que abollaban el metal sobre El Ferrocarril, y los puñetazos que hacen menos fuerte la luz en los crucifijos de El Caballero de San Jorge.

La fuerza de cada impacto, la disciplina de cada movimiento, la pasión de cada segundo en el cuadrilátero. Todo llenaba con emoción los ojos de un nunca sentado Erubiel, inyectándolo de una adrenalina que lo hacía sentir como si fuera parte del espectáculo.

Cuando el encuentro terminó y el carbón de El Ferrocarril se apagó, las ovaciones, gritos y aplausos de Erubiel fueron los más fuertes y entusiastas de todos.

Antes de que la gente se retirara de lugar, Erubiel notó que algunos chicos se estaban formando frente al Caballero y el Ferrocarril para estrechar sus manos. Erubiel, sin mirar a sus amigos, corrió a ponerse en la fila. Palo y Yanet se levantaron de sus asientos

"¡E-Espera, güije!", gritaba Palo mientras le seguía. "Güije, oye, escúchame"

"¡Palo! ¿Puedes creerlo? ¡Están estrechando las manos de la gente!"

"Si, está muy chévere todo eso, pero tenemos que irnos ya, se hace tarde"

"¡No! ¡Ni loco me voy de aquí sin estrecharles la mano!"

"Erubiel, Palo tiene razón. No podemos quedarnos aquí mucho más, es tarde. Tu mamá podría enojarse"

"No no, no se enojará, no llegaremos tarde. Solo es esperar un poco. Al menos para estrechar la mano del ganador"

"Bueno, tal vez si es solo a un—", era interrumpida Yanet

"¡No! Güije, tenemos que irnos, en serio"

"Yo no me voy de aquí sin esto, ya me decidí"

Palo tomó de los hombros a Güije

"Erubiel, por lo que más quieras, tenemos que irnos, ahora, por favor, lo estoy diciendo muy en serio"

"Palo… hace siglos que no me llamabas por el nombre"

"Erubiel, yo—", se interrumpía a sí mismo Palo cuando giraba su mirada

Unos hombres en gabardina pasaban lentamente entre los niños del público, con ceños de tener un largo historial de fruncirse, bigotes en tonos de gris, y un fuerte olor conjunto a tabaco. Uno de ellos se paró frente a Palo, miro a sus amigos, y luego su mirada regresó a Palo, acompañada de una sonrisa de color caqui

"H-hola, amigos", dijo Palo

La respiración de Erubiel se hizo pesada. Yanet agarró a Erubiel de un brazo y corrieron en dirección opuesta a los hombres. Esquivaron a varios jóvenes hasta que llegaron a una escalera vertical que daba hacia una salida circular. Escalaron rápidamente hasta embarrarse las manos y rodillas con lodo y piedras.

Jadeantes, se detuvieron un momento para respirar. Yanet alzó la mirada por un momento. Jaló dos veces de la camisa de Erubiel, y luego apuntó hacia adelante. Cuando Erubiel levantó la vista, pudo ver una esquina con vidrios rotos entre el lodo. Cuando miró a su alrededor, vio a un montón de hombres con habanos, algunos saliendo de gabardinas que se alejaban volando, y otros entrando en ellas.

Erubiel y Yanet caminaron a sus casas.


El sol se recostaba sobre las aguas de la costa

Entre la madera, le observaba sumergirse lentamente mientras el cielo se cubría de una manta oscura. Recostado en su cama es todo lo que hacía. Las sábanas un muro, la almohada una torre, y la puerta una ausencia.

De repente, sentía que un peso se sumaba frente a sus piernas, pero no giró la mirada

"Hace mucho frío, ¿verdad? Si yo pudiera también estaría entre las sábanas, pero ya ves como es la cosa", reía su madre

No había respuesta

"¿Paso algo, hijo?"

No había respuesta

La madre le miraba el rostro, un poderoso peligro cognitivo para sus ojos, que fluía directo hasta su corazón y proyectaba las imágenes necesarias en su cerebro. Observaba entonces el sol en la costa.

"Tal vez si existen monstruos en este mundo"

"¿Por qué me mentiste así?"

"No quise mentirte, pero debía alejarte de esas cosas si quería que fueras feliz"

"Pero no me siento feliz"

"Debes entender que a veces son así las cosas en la vida. Te he intentando cuidar de estas cosas, pero tarde o temprano ibas a enterarte, y no iba a ser yo la que podría decidir eso. Si yo pudiera elegir, que a mi cualquier cosa pero a ti nada. Todo lo que puedo hacer entonces es ayudarte ahora que lo sabes"

"No se puede. No solo siempre fueron reales, si no que están por todos lados. No hay nada que pueda hacer nunca porque siempre estarán allí"

"Estás equivocado. Si se puede, si que se puede. No importa lo feas parezcan las cosas, siempre se puede. Tu ahora piensas que es el fin y que nada puede hacerse, pero es todo lo contrario. Nosotros podemos hacer más de lo que cualquiera pudiera imaginarse, incluso nosotros, porque los niños de buen corazón existen, niños que pueden ver este mundo con otros ojos, unos mucho más compasivos y sensibles, y mientras ellos existan, siempre existirá la esperanza de un mañana mejor"

"Pero—"

"Quiero que devuelvas la mirada al cielo, hijo, y quiero que me digas que veas"

"Está… oscureciéndose. Y el sol está a punto de desaparecer en el mar"

"Eso es cierto, pero si nos esperamos un poco más…"

"Las luces llegan"

"Incluso cuando la luz que parece más brillante ha desaparecido, su ausencia no hace más que permitirnos ver la luz de muchas estrellas más. Y tú, hijo mío, eres una de esas estrellas. Tu eres la más brillante de todas"

Los últimos rayos de sol acariciaban la mejilla de la madre, mientras su hijo se lanzaba con rapidez y se acurrucaba entre sus brazos, apretando con fuerza su mano izquierda

Esa noche, las estrellas brillaron su danza como nunca antes sobre la Pequeña Habana.

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