Sic Semper Tyrannis
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Ocho días después de la Caída de Gyaros, un joven sacerdote de Mekhane contempló la carne moribunda de su maestro. Roja, agrietada y podrida. Al sumo sacerdote le quedaban horas como máximo. La mayoría de los pocos que habían regresado a Akrotiri dos días antes ya habían sucumbido.

"Mi niño, por favor, perdóname". Las palabras del anciano salieron crujiendo de su garganta, no sonaba como un hombre mas que como un pez luchando por respirar. "Tenía la esperanza de librarte de nuestro deber. Se suponía que debías sobrevivir y conducir a nuestra gente más allá de esta era de guerra". Una tos sacudió su cuerpo.

El hombre más joven miró sin expresión. "No importa. Nada de lo que hacemos. Incluso si usted y los demás hubiesen vivido. Ya robaron los fragmentos del Dios que pudimos reunir. Nuestros Colosos fueron destruidos, y nuestros aliados nos abandonan con cada día que pasa. Esta guerra ha terminado Maestro. El Karcist nos matará a todos. Mi única esperanza es que lo haga antes de que consuma a la Diosa en lugar de después. No podría soportar la vergüenza de sobrevivir a nuestra creadora."

El sonido de una bofetada resonó a través de la pequeña cámara.


El Gran Karcist Ion, Rey-Hechicero de Adytum y asesino de cuatro divinidades, miró desde lo alto a la isla-ciudad de Akrotiri, y frunció el ceño. Así que esta era la gran civilización que había estancado las expediciones occidentales durante casi un siglo. La arquitectura era una maravilla, sin duda y por la apariencia de los Colosos sus defensas alguna vez fueron formidables. Pero no más.

Tres colosos yacían destrozados y en ruinas en la bahía, y las puertas del puerto que una vez habían resguardado estaban destrozadas. Las pocas naves que quedaban mostraban signos de grandes daños. Incluso la caldera, durmiente desde hace mucho, sobre la que se había formado la isla había comenzado a soltar vapor una vez más. Tundas le había infligido a sus enemigos una herida mortal a costa de su vida. "Que nos encontremos nuevamente en el Adytum por venir, mi amigo", susurró.

Dejó de escudriñar y se preparó para regresar dentro de la fortaleza de Kythera, pero una mano en su hombro lo detuvo. No necesitaba preguntar para saber quién era. "Prometo que estoy bien Lovataar. Simplemente estoy inquieto por las implicaciones de esta victoria".

Su esposa asintió, y los dos se sumieron en un silencio comprensivo. Pronto, la paz que sentía ahora sería sentida por toda la humanidad. El Roto no era un simple espíritu al que se le fue dado vida por los pensamientos de su gente como el Tótem Hitita o el Ladrón del Fuego Ario. Era un dios verdadero, como el Padre. Él ya podía realizar milagros y conquistó un continente. Con la fuerza de este dios occidental, la humanidad estaría unida. Por primera vez, el Padre mismo sería vulnerable. E Ion sabía cómo explotar las vulnerabilidades de los dioses mejor que cualquier hombre que alguna vez haya vivido.

"Ah, mi amor. Nunca he sido capaz de decidir si tu obsesión con la melancolía está entre tus cualidades más o menos atractivas". Lovataar le sonrió y sintió que sus preocupaciones se desvanecían. Este era un día de triunfo, de ascendencia. No hay necesidad de pelear las batallas del mañana. Aún no.

Él le devolvió la sonrisa a la Daeva. "Pensaría que deberia haber sido así, de lo contrario tus decisiones ahora parecen realmente extrañas". Los dos se pusieron de pie y comenzaron a regresar. "¿Cómo van los preparativos?"

"Orok dice que la fuerza de invasión está lista. Ya les informé del objeto que necesitamos para el ritual. Saarn tiene los instrumentos profanos que Tundas recuperó listos para ser usados una vez que tengamos la última pieza. La única pregunta restante es el destino de la población."

Ion se detuvo por un momento, considerando la pregunta. La había pospuesto por el mayor tiempo posible. Siempre lo hizo. "Necesitamos un sacerdote vivo, pero aparte de eso…Quema la ciudad y deja que la sangre de su gente alimente las llamas. Son demasiado peligrosos para que queden con vida. Las fuerzas que comandaron fueron alguna vez considerables, podrían serlo otra vez. Y servirá como un ejemplo para enemigos futuros".

"Sabes que no necesitas justificarlo ante mi, solo ante ti". Debería haber sabido que doscientos años juntos habían hecho que ocultar sus intenciones fuese imposible. "Ahora ven, antes de que te distraigas y esta roca gigante se estrella contra el mar".

Debajo de ellos, la isla-fortaleza flotante de Kythera surgió a través de las nubes, un halcón que se acercaba a su presa. Resucitada de la tierra en la estela de Adytum por el poder de un dios recién muerto, sería el instrumento para acabar con los paganos de hierro.


El sacerdote del Roto avanzó penosamente por las calles de la ciudad, rumiando las últimas instrucciones del hombre que lo había criado. El clima parecía demasiado hermoso para un momento tan trágico en la historia de su gente, con solo un pequeño frente de nubes hacia el este manchando un cielo vacío. Tal era la cruel ironía del destino.

"Deja que dios y salvador sean uno". Era un plan estúpido, uno que nunca hubiera concebido. Incluso si funcionaba, ¿cuál sería el punto de sobrevivir en un mundo así? Mejor, quizás, morir como mártir que vivir como monstruo.

Un grito interrumpió sus pensamientos, y la multitud a su alrededor comenzó a señalar el cielo. Al principio solo sintió confusión, pero luego se dio cuenta. Esa no era una nube. Y monstruos de los confines del infierno emanaban de ella como la última lluvia que Akrotiri vería alguna vez.


Orok, el Klavigar cornudo de la guerra, regreso a Kythera después de una simple hora. El Corazón de Mekhane y un sacerdote siguiendo tras el. Salvarle de los pozos de pelea, reflexionó Ion, fue sin duda una de las decisiones más sabias que había tomado alguna vez.

"Mi Ozi̮rmok, le he traído lo que desea". Orok tiró de la cadena del sacerdote. "Este vino a mí con el instrumento final, suplicando que le perdonasen".

Ion le sonrió lobunamente al hombre, que no lo miró a los ojos. "Por su acción, lo será. Pero primero, él tiene un papel que desempeñar". Ion extendió la mano y dividió la carne a lo largo de la muñeca del pagano, y bebió profundamente de su sangre. El extranjero retrocedió, pero se calmó una vez que Ion terminó y sanó la herida. Solo necesitaba un poco después de todo.

Utilizando los versos que Saarn había robado de los archivos de Mekhanitas, comenzó a hacer lo que habían deseado hacer durante milenios: reconstruir a su dios. La pieza final fue colocada en un estrado preparado para la ocasión, y el ritual comenzó.

"Sangre de la corrocion, purificate y vuelve a fluir. Deja que la entropía pare y la vida se renueve". Vertió el frasco de líquido negro sobre el corazón, que comenzó a moverse. "La carne que nunca fue carne se retorcerá y crecerá en medio del latido del Corazón". El pilar se dobló sobre sí mismo, envolviendo la pieza de metal más pequeña. "Y que el nombre del Creador brille a través de este recipiente, de modo que pueda ser lo que su predecesor no pudo". La talla más pequeña se desvaneció en la masa metálica, ahora cambiando y retorciéndose sin orden.

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Ion extendió su brazo derecho, que se dividió en tres antes de reformarse en la forma de una serpiente. "Dios del orden desalmado, traigo el caos de la vida". Comenzó a caminar hacia adelante. "Dentro de mí yace la sangre de tus fieles, la semilla de tu influencia en el mundo. La dejé crecer dentro de mí, así como creceré para convertirme en lo que nunca pudiste ser". Las fauces serpentinas que una vez fueron una mano colgaban sobre el feto no nacido del dios renacido. "Yo soy el Uróboros, la serpiente que consume todo, incluso a mi mismo". En un solo movimiento, se tragó a Mekhane. Detrás de él, su sacerdote sonrió.


"Luchar contra el Señor de la Carne no tiene sentido, pero hice preparativos para esta eventualidad", le explicó el anciano moribundo a su pupilo díscolo. "Los artefactos robados de Gyaros estaban destinados a ser tomados. Los corrompí, en todos los casos dejé un fragmento oculto, mientras que el resto se convirtió en un cuchillo apuntando directamente al corazón de Ion. Deja que Dios y falso mesías sean uno. No consumirá a Mekhane; él compartirá su terrible destino".

"¡Has profanado los fragmentos del mismísimo Dios! Esto es un sacrilegio, una herejía, lo…" fue interrumpido por una mano en su boca.

"Te golpearía de nuevo, pero no tengo la fuerza. Esta era la única forma de que sobreviviera, incluso si eso significaba matar a la mayoría de ella yo mismo. Para que esto tenga éxito, un seguidor de Mekhane debe abrir el camino para la maldición. Y al hacerlo, ser parte de ello. Tenía la intención de hacerlo yo mismo, pero ahora debo dejarte esta tarea a ti. En verdad, solo puedo adivinar lo que implicará. Pero sé que estarás atado también. Vas a sufrir mucho. ¿Qué sacrificarías para salvar a Mekhane?

"Todo."


Ion sintió un breve momento de euforia después de que el acto se realizara. Luego hubo dolor.

Cayó de rodillas cuando el acero brotó de sus extremidades y derramó su sangre en el suelo. Sintió cada parte de sí mismo retorcerse mientras sus cuerpos, físico y metafísico, eran exprimidos, reorganizados y desgarrados. En medio del caos, logró abrir los ojos. Luego deseó no haberlo hecho.

La carne de sus amigos y soldados corría salvaje como la brisa del verano, el poder indómito desatado del Gran Karcist haciéndolos trizas. De su Klavigar, Saarn había desaparecido mientras Orok fue enguillido por una montaña de vida. Lovataar observó con horror el destino de su marido, solo para unirse a él mientras docenas de manos se liberaban de su abdomen para envolver su alta figura. Él no la habría dejado venir si hubiera sabido que estaba encinta.

Cuando sintió que Kythera comenzaba a caer del cielo y lava alzándose desde la isla, vio la cara sonriente del sacerdote mekhanita, el único que se salvó. "Sin ti, tu gente morirá. Pero vivirás, enterrado por la Forja de la Diosa. Y yo nunca te permitire liberarte, incluso hasta la milesima generación. "

Con los que más amaba arrebatados y su cuerpo hecho pedazos, fue un alivio cuando la cenizas vinieron a reclamarlo.

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