Regreso a la vida (después de una cuasi muerte) parte II
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Antiguo santuario del Dios Verde, bajo tierra, Egipto

El invasor dio vuelta en la curva y se encontró cara a cara con Kane, este vio la sorpresa en los ojos del invasor, más allá del pasamontañas que cubría su rostro, y luego el dolor cuando le descargó su escopeta Mossberg en el pecho. Este retrocedió y se tambaleó, pero el chaleco antibalas salvó su vida, entonces Kane le disparó en el rostro.

Dio un salto apartándose justo a tiempo, porque la curva donde estaba se lleno de agujeros de bala, arrancando nubes de polvo. Kane disparó un par de veces más, sin apuntar a alguien especifico, sino como fuego de cobertura para mantenerlos alejados. Retrocedió para reunirse con el resto de su equipo.

—¿Cómo está Boffa?

—Aguanta por el momento —le respondió Borges— Dos balas en un brazo, paré la hemorragia con un torniquete y le di un calmante, pero por el momento es inútil.

—Hijo de perra ¡Todavía sirvo! — gritó Boffa.

—¡Silencio! —lo calló Kane— Gritando no ayudaras en nada… Dra. El Saadawi…

—Estoy bien, estoy bien —por su voz parecía a punto de echarse a llorar, pero aun resistía— Puedo continuar, puedo continuar.

—Bien, no sabemos cuántos son pero con las armas que tenemos ni pensar en abrirnos paso hacia arriba.

—¿Quiénes son, la iglesia del Dios Roto?

—No creo, no después de tanto tiempo, quizás la Insurgencia del Caos, o la ORIA, puede que incluso MC y D ¿Quién sabe?

—Entonces ¿Qué hacemos?

—Ya deben saber en la base que hemos sido atacados, y ellos vendrán en dos… máximo tres horas, pues tenemos que resistir esas tres horas, antes que nada buscaremos un sitio seguro, un escondrijo junto a una curva que…

Escucharon un silbido, algo cruzando velozmente el aire, y antes de que su mente procesara ese sonido, hubo una explosión. Fue a diez pasos de distancia y hubo fuego, polvo y fragmentos de roca golpeándolos, mientras todo se estremecía. El estruendo en un ambiente tan cerrado fue tal, que fueron ensordecidos por un momento, sus oídos dolían y un zumbido agudo hería sus tímpanos.

—¿Qué… que mierda fue eso? —preguntó la doctora, tosiendo y escupiendo polvo. Repitió su pregunta después, en voz más alta y aguda, y esta vez sus compañeros la escucharon.

—Un cohete, estoy seguro —respondió Kane.

—Apuesto que fue un RPG-71… —aclaró Borges— ¿Qué clase de imbécil hace esto? ¿Lanzar un cohete en un lugar tan cerrado?

—Y tenemos suerte de que no nos haya sepultado, una explosión tan grande pudo colapsar todo…

Fue como si lo hubiera invocado. Un crujido, algo leve al principio, sonidos secos, cortos, pero continuos, como un susurro de hielo quebrándose, pero no era hielo, ni madera, aquello que se desagarraba era roca, era el techo de la caverna.

—¡Cuidado! —gritó uno de ellos, o quizás gritaron todos.

Y el mundo se derrumbó sobre ellos

Sitio-34, seis meses después.

—¿Por qué no jubilarse? —preguntó el doctor Dávalos.

—Jubilarme… ¿En serio? ¿Mudarme a Florida? ¿Alimentar a las palomas en la plaza?

—No hables como si tuvieras 70 años, puedes retirarte y dedicarte a otra cosa.

—Retirarme de La Fundación… —una leve y a la vez ambigua sonrisa apareció en el rostro de Kane— Como si fuera tan fácil…

—Sabes que no se te detendrá, claro que deberás pasar por un tratamiento para garantizar que no seas un peligro debido a toda la información sensible que…

—Me encanta como dices la palabra “tratamiento”, otros le darían una entonación especial, harían una pausa antes de pronunciarla, como si la dijeran entre comillas, tu no, tu no vacilas en decirla, porque para ti es simplemente eso, un tratamiento.

—Cierto que existen ciertos prejuicios en contra del uso de amnésicos, muchos agentes son reacios a usarlos con los testigos u otros civiles, a pesar de su seguridad sobradamente comprobada… porque tienen miedo de que alguna vez lo usen con ellos, o que ya los hayan usado.

—¿Y no es ese el caso?

—La administración de amnésicos a miembros activos de la Fundación y la implantación de recuerdos falsos es mucho menos común de lo que muchos creen, aunque si ocurre… Ya te he contado como al menos un par de veces al mes recibo a algún agente que tiene la sospecha de que se le administró algún amnésico en el pasado, desarrollando cierto grado de paranoia, generalmente después de leer a SCP-231… ese documento debería tener una clasificación de seguridad distinta, para que solo los niveles más altos lo lean.

Dávalos terminó haciendo una mueca, tal vez por recordar a SCP-231, o por como aún no habían cambiado los requisitos de acceso a la información sobre un SCP tan antiguo y perturbador.

—Esa niña ya debe estar por los treinta años… —murmuró, ensimismado en sus pensamientos, pero Kane no iba a permitirle perder el hilo de lo que estaban discutiendo.

—Desarrollar cierto grado de paranoia aquí en la Fundación es inevitable, incluso sano, pero no me vengas con la propaganda de que los amnésicos son 100% seguros, solo recuerda la Nepentadona… ¿Cómo lo llaman ahora, SCP-ES-50?

—ES-049, y eso fue un error, pero no trato de venderte propaganda, miles de personas han recibido amnésicos de diferentes clases y muy, repito, muy rara vez…

—Han tenido consecuencias, si, lo sé, pero no se trata de que tenga temor de que me aparezca una cara en el pecho, o en otra parte más intima de mi anatomía… ¿Sabes que es más aterrador que la idea de que van a borrarte veinte años de tu vida, y a reemplazarlos con recuerdos falsos? ¿Qué crees tú que puede ser más aterrador que eso?

Dávalos guardo silencio unos segundos

—La idea de que empieces a recuperar tus recuerdos después, trastornando por completo la vida que tienes entonces.

—Veo que me conoces bien…

—A ti y a toda la humanidad, soy sicólogo, no lo olvides.

Egipto, seis meses antes.

Al principio fue como una pesadilla, pero no como la que tenía ocasionalmente, aquella en la que estaba acostado en la cama, en la oscuridad, relajado, y con una mujer a su lado. No sabía quién era ella, pero sentía que era alguien importante, no un familiar, no una amiga… una amante. Pero no podía recordar su rostro (y tampoco su nombre), solo que estaba allí, a su lado, respirando calmadamente…

Luego se movía, miraba en su dirección, y extendía sus brazos para abrazarlo, pero sus brazos tenían la carne seca y pegada a sus huesos, y sus manos eran garras, y el rostro no era el de una mujer, sino de algo horrible que debía de estar muerto, que estaba muerto, y aun así trataba de abrazarlo, como una amante cuyo amor había sobrevivido a su propia podredumbre.

Y el despertaba, agitado, pero sin gritos –la gente solo gritaba en las películas- y sin sudar en frio… pero tardaba mucho en volver a dormirse.

Pero esta no era ese tipo de pesadilla, ahora estaba atrapado, sepultado, encerrado en un ataúd egipcio, de piedra, y también estaba envuelto en vendas…

¡Luz, luz, luz! ¡LUZ!

Se liberó de la tierra que lo cubría y pudo respirar. Le dolía horrores el hombro izquierdo, y el tobillo derecho, por un momento pensó que se lo había roto, pero no, podía moverlo a pesar del dolor. También sentía dolor en el centro de la espalda, con un núcleo ardiente concentrado en un par de vertebras que irradiaban dolor a todo el resto de su columna, y en el costado izquierdo, donde algo había golpeado sus costillas, también… La verdad es que todo el cuerpo le dolía, pero al parecer no tenía nada roto.

Hizo un esfuerzo y logro ponerse de pie, ese solo gesto hizo que su mente se nublara y todo le diera vueltas, pero logro mantenerse consiente, por fortuna no quedó aprisionado bajo ninguna roca.

¿Los demás? ¿Dónde estaban los demás?

—¿Alguien me escucha? —gritó— ¿Pueden oírme?

Solo veía un manchón borroso y oscilante delante de él, por fortuna su lámpara no se había roto, pero no veía ninguna otra fuente de luz. Repitió su pregunta, ahora con un acento mas angustiado, a su pesar.

Un gemido como respuesta, un débil “Yo… aquí”

—¿Boffa? ¿Borges… doctora…?

Pero antes de recibir una nueva respuesta escuchó un fuerte grito ininteligible, pasos apresurados sobre los escombros que cubrían el suelo de la caverna y una figura borrosa delante suyo, de la que no pudo distinguir detalle alguno a causa de la tierra que cubría su visor. Ese mismo visor que chocó bruscamente con su nariz al recibir una patada en pleno rostro.

Insultos, groserías, gritos, una nueva patada esta vez en el pecho. Cayó sobre la tierra, y un pie sobre su cabeza le impidió levantarla.

—¡Hijos de perra, los voy a matar a todos! —gritaba en español, luego volvió a repetir lo mismo pero en ingles, un inglés que se oía tosco, burdo, y no solo por escucharlo a través de una máscara de gas.

—¿Quién de ustedes mato a Luis? ¿Quién de ustedes lo hizo? —volvió al español— ¡Por la misma mierda, debería pegarles un tiro a todos ustedes!

—Hey, Chato, apártate —se oyó decir a otra voz— Tengo aquí una granada, déjame tirársela y los volamos en pedazos a todos.

Un momento de silencio.

—No, les metería la granada por el culo a todos estos pendejos, pero los jefes los quieren vivos.

La mente de Kane funcionaba a mil por hora, estos bastados hablaban en español, seguramente creyendo que nadie del grupo lo entendía, de allí que hablaran sin problemas de sus planes para con ellos, o tal vez estaban demasiado seguros de tenerlos a todos agarrados de las bolas, sin opción alguna.

La bota sobre su cabeza había aflojado, y luego se retiró por completo.

—Escúchenme hijos de la gran perra ¿Quién de ustedes mató a Luis? —habían vuelto al inglés algo torpe —¡Porque a ese le voy a volar los malditos sesos!

Sus amenazas eran tan torpes como su dominio del inglés, Kane levantó lentamente la cabeza, sentía la nariz entumecida y posiblemente sangraba, quizás se la habían roto. A través del polvo que cubría el visor vio a sus atacantes, vestidos de negro, con mascaras antigases, armados, el que tenía más cerca llevaba un AK-47, el arma más fabricada en el mundo y la preferida de los ejércitos irregulares –o quizás una AK-74- mientras que el otro, a cinco metros de distancia, sostenía una granada y se hallaba listo para tirar del seguro y convertirlos a todos en manchas sanguinolentas en los muros.

—¡Respóndanme putos! ¡Si no me dicen quien le pegó un tiro en la cara, voy a córtales las bolas a cada uno de ustedes!

—No te responderán, mejor déjame volarlos.

—No… ¡Es que me da una rabia! Los jefes los quieren vivos… Mira, voy a elegir a uno y a ese le voy a volar los sesos, por Luis…

—¿Y porque un tiro? Mejor llevémonos a uno por aquí cerca y le metemos una granada en el traje ¡Quiero ver saltar sus tripas por todas partes!

Esto último lo habían dicho en español, confiando en que nadie más lo entendía, pero mientras discutían a quien matar y de qué forma –limpiamente o convirtiéndolo en un manchón de carne destrozada- Kane empezaba a tensar sus músculos y a prepararse, los dolores que sentía no le permitirían ser tan rápido como debería, y había perdido su escopeta, pero aun tenía en su espalda, a la altura de la cintura –atada con cinta adhesiva al traje de protección- su viejo revolver Webley, que había pertenecido a su padre. Mientras esos bastardos discutían, el se movió lentamente, acomodando sus piernas para levantarse de golpe, empezó a deslizar su mano hacia atrás, por la parte baja de la espalda…

—¡Hey cretino, que estás haciendo! —ese fue el grito de uno de los malditos, el más cercano a él, por un momento pareció que iba a repetir la patada en el rostro, pero antes de que lo hiciera, antes de que Kane iniciará cualquier acción, se escucharon disparos, estruendosos en aquellos túneles estrechos.

No supo quien fue, tal vez Boffa, o Borges, o incluso la doctora El Saadawi, aunque lo dudaba, pero dos tiros fueron disparados, y encontraron su blanco. El que tenia la granada en mano gimió, se tambaleó, retrocedió un par de pasos y finalmente cayó de espaldas, soltando la granada, la cual rodó por el suelo.

Y entonces Kane saltó, en una explosión de energía muscular contenida se arrojó contra el bastando que tenía enfrente, golpeándolo en el estomago con su cabeza, y casi de inmediato dándole un puñetazo en la entrepierna, y otro y otro más, buscando aplastar sus testículos. Con la otra mano agarró la AK-47 y trató de arrebatársela. Pero su enemigo, en medio de indescifrables groserías en español, se negó a dejarse matar tan fácil y empezó a luchar con él, forcejeando ambos, intentando cada uno dominar al otro, aplastarlo, desgarrarlo…

Y todo estalló.

Cuando Kane recordó ese momento, muchos días después, lo mas similar que pudo hallar en su memoria fue cuando siendo apenas adolescente, un verano, en una playa de Florida, fue golpeado por una ola enorme, la cual fue como un muro liquido que le paso por encima y lo arrastró por el arenoso suelo marino, lastimándolo, revolcando en un caos de espuma y haciéndolo perder la conciencia. Solo gracias a un bañista que conocía de respiración boca a boca pudo escapar esa vez de su primer encuentro con la muerte.

Y ahora fue similar, aunque obviamente mucho peor, aquel mercenario a sueldo de la Insurgencia del Caos, el que estaba tan ansioso por hacer estallar a alguien, al recibir los tiros, quizás en un espasmo agónico, quizás con la ultima orden consciente de su cerebro, arrancó el seguro de la granada y la dejó caer, y eso fue lo que estalló.

Fue como un muro, pero solido, no liquido, el que golpeó a Kane, lo elevó como un puño gigantesco de aire ardiente, calcinándolo, abriendo su carne con las esquirlas, estrellándolo contra el techo de la caverna, luego dejándolo caer.

Y luego oscuridad.

Sitio-34, seis meses después.

Kane observó a través del espejo como Vodanovich interrogaba a otro futuro guardia de la Fundación. También era colombiano, claramente poco educado y usaba muchos modismos, algunos bastante vulgares.

“Esos bastardos en Egipto hablaban español, pero no pude identificar su acento… ¿Serian también colombianos? ¿Los sacarían de la misma clase de agujero de donde los estamos contratando nosotros?”

—Bien, está claro que no te vas a jubilar —Dávalos volvió a interrumpir sus pensamientos— Dejemos el tema de los amnésicos por el momento, así que… ¿Estás listo para volver?

Kane sonrió e hizo un gesto amplio con sus manos, como una invitación.

—Vamos doctor, dígamelo usted ¿estoy listo para volver a la acción?

—Solo tú puedes responder eso.

—Y si es así ¿Por qué tantos exámenes sicológicos, tantas entrevistas si al final solo debían preguntármelo?

—Físicamente estas bien, sicológicamente… también, sufriste una experiencia traumática, casi mueres, fuiste el único sobreviviente en Egipto, compañeros tuyos murieron, pasaste meses en rehabilitación por tus heridas, pero ahora estas bien, sin señales de estrés postraumático, sin señales de que temas usar armas, tampoco has desarrollado una aversión a la violencia…

—Una verdadera suerte eso ultimo.

—Simplemente asumiste que lo que te paso, lo que le paso a tu equipo fue algo que venía con el trabajo, y que no había que darle más vueltas.

—Así es ¿y ahora, quien está dándole vueltas innecesarias al asunto? Solo necesito tu firma…

—Simplemente estoy algo intrigado sobre la verdadera razón por la cual regresas al trabajo de campo, tenias… tienes otras opciones, los últimos dos meses lo has hecho estupendamente como instructor y podrías continuar así.

—Quizás entrenar a otros para que arriesguen la vida por la Fundación, mientras yo me quedo en casa con mis mocasines y tomando café con leche me repugne por razones éticas, una especie de solidaridad de un guerrero hacia otro… o tal vez simplemente no quiero dejarles toda la diversión.

—Creo que has dicho la palabra clave: diversión… Traté durante un buen tiempo, antes de entrar a la Fundación, a veteranos de las guerras de Irak y Afganistán, su adaptación a la vida civil no era fácil, muchos terminaban divorciándose, también mostraban síntomas de paranoia, cuando caminaban por las calles solían apartarse un poco si se encontraban en su camino un automóvil estacionado y sin conductor, sin ningún motivo aparente, era algo automático, eso a causa de los carros-bomba que encontraron en Irak, o de los cuales vieron sus efectos después de estallar.

—Pero a lo que realmente tardaban en acostumbrarse, lo que realmente echaban de menos, era la acción.

—¿La acción?

—Sabes a lo que me refiero, la acción o más bien la falta de ella. La rutina en el ejercito, o en cualquier tipo de fuerza armada es casi siempre un aburrimiento total, pero para muchos eso es compensado por los breves momentos de verdadera acción, la tensión, el inyección de adrenalina, la emoción de estar en un tiroteo aun cuando eso podría significar ser herido o muerto, incluso el miedo, todas esas cosas por las que sienten que vale la pena entrar en combate. A pesar del riesgo, a pesar de las heridas que algunos sufrieron, esos breves momentos resultaban ser adictivos, lo único que realmente extrañaban, lo único por lo cual volverían al combate…

—¿Entonces estás diciendo que soy un adicto a la acción que no puede vivir sin su dosis diaria de tiroteos? O, tratándose de la Fundación ¿sin mi dosis diaria de cosas que tratan de implantarme sus huevos o vestirse con mi piel?

—No estoy diciendo nada, y no estoy preguntándote nada, de hecho, quien debe hacerse preguntas eres tú mismo… Piénsalo bien ¿Por qué quieres regresar?

—Ya te lo dije —Kane volvió la mirada hacia el falso espejo, donde Vodanovich interrogaba a un tercer candidato— Soy demasiado joven como para jubilarme… ¿Vas a autorizarme o no? ¿Pondrás tu firma o no?

El doctor Dávalos hizo una mueca rara con la boca, sus labios formaban una línea tensa, era difícil decir que le pasaba, como si quisiera sonreír pero se obligará a mantenerse serio.

—Tienes mi firma, estas autorizado a volver al trabajo de campo… Decirte “cuídate” o cualquier otro consejo seria sensiblero, y un cliché, solo… no mueras, y no te hagas matar.

—No te preocupes, también soy demasiado para morir —se volteó a mirar a Dávalos, con una leve sonrisa en su rostro— “Soy demasiado joven para morir” ¿no te parece ese un estupendo titulo para mi autobiografía?

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