Reentrada

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Todo gritaba. Los diales, las lecturas, todo estaba gritando, pero él no se dio cuenta de nada. Lo que si notó fue el calor. Estaba ardiendo. No en llamas, sino por dentro, ardiendo con un calor abrasador que lo estaba cocinando de adentro hacia afuera. Además, la diminuta cápsula estaba tan sellada, tan perfectamente ajustada, que ni siquiera podía torcerse o retorcerse para quemarse en una nueva posición. La radio graznó y chilló dos veces antes de quedarse en silencio, la pequeña placa comenzó a deformarse mientras el abrumado escudo térmico de mala calidad continuaba retorciéndose bajo la fuerza de reentrada, con las blancas y doradas llamas que estaban más allá de su portillo.

Sin embargo, el calor no fue lo que llenó de miedo al hombre, lo que lo hizo temer no solo por su muerte inmediata y prematura, sino lo que posiblemente le esperaba más allá. Las llamas ardientes no formaron una pared total sobre el pequeño portillo fijado sobre su rostro sudoroso y suave. Se dividieron por la mitad, bloqueados por la dura y afilada punta de un mentón.

El rostro lo observaba, con la mirada fija, con vagas sugerencias de extremidades agarradas a los lados de la ventana. El rostro observaba, incluso sin ojos, sin boca, el vacío, la nada absoluta e insípida que aún así era diabólicamente sugestiva. Observó, sonriendo con una sonrisa de nada, mientras el pequeño trozo de arena ardía en la delgada y abrasadora atmósfera…

y su aliento se empañó hasta convertirse en escarcha sobre la ventana ardiente y burbujeante.

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