Puntos Blancos Etéreos, Siguen Reinando, y Aún Perduran Sus Pecados
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Un sublime aliento empezaba a nacer de la caída ad infinitum propiciada por la curiosidad de una joven exploradora, curiosidad que la impulsó a saltar en aquel agujero oscuro, tan antiguo como el universo, y tan misterioso como aquellas guerras oscuras libradas en los inicios de la civilización.

Nadie jamás pudo adivinar por qué esta chica se echaría al vacío eterno, ¿curiosidad realmente? ¿O una respuesta a algo mayor? ¿Por qué arriesgar tú la vida solo porque sí? Y más aún, ¿qué había al final de esta caída al más profundo de los abismos? Nadie lo sabía, pero en ella latió esa esperanza de, tal vez, dar a luz una respuesta al inhibir sus miedos primordiales, quién sabe cuál era.

Fue así como descenso infinito hacía que los mismos hilos del espacio-tiempo permutasen unos sobre otros, resquebrajando mundos y alterando líneas de tiempo; tal vez no en su mundo, pero sí adyacencias que tal vez jamás llegaremos a conocer.

La caída no era oscura, para nada, aunque incluso ella misma no sabía si era una caída. No se sentía como una caída, más bien como un vago viaje a velocidades lumínicas, atravesando una estructura de años luz de anillos concéntricos multicolores a miles de metros uno de otro que armonizaban con el fondo tras ellos: un lugar repleto de astros y figuras estelares de ensueño. Este tubo por donde descendía aquella chica solo cumplía el propósito de frontera, pues de otra forma perdería su rumbo hacia lo que fuere que alguna vez conoció el final del infinito.

Observó hacía sus pies, o lo que sea que fuere abajo, y miró un agujero oscuro que venía hacia ella, y aspas rotatorias le seguían a sus costados. Entró en él, y luego vio…

Luego vio cualquier lugar.

Luego vio un reino perdido entre los cúmulos estelares, un reino de metal y podredumbre donde, quienes le habitaban, se desplazaban como gusanos semi-humanos, y las incoherencias que interpretaban, tal como un circo, o como un teatro, los hacían bailar mientras caminaban.

Quienquiera que hubiese vivido en este mundo, donde se erigían túmulos tubulares tal monstruoso gusano de guerras interestelares; donde sus costados estaban llenos de agujeros tales ventanas; allá donde en los aires reptaban serpientes aladas y los cielos eran siempre verdes mientras dos estrellas, una verdusca y otra azul eléctrica se posaban sobre el horizonte.

Quien quiera que fuera que vivió en este asqueroso y vil mundo, donde sus habitantes eran cazados por el deseo pútrido de la autosatisfacción con su propia carne, donde alguna vez se alzaron grupos caníbales propiciando el auto-consumo de sus partes.

Pues el deseo prohibido de su carne era más fuerte que todo aquello que alguna vez existió. La manzana de la discordia de lo que ahora es un desierto de arena roja, un desierto donde solo habitan brizas frescas impregnadas con metano y óxidos de azufre.

Ella vio todo aquello, varias generaciones reptantes y su caída. Ella los vio.

Y luego vio cualquier lugar.

Observó una cosmópolis. Estructuras intrincadas se hacían paso sobre planetas sobre planetas. Transportes de metales nanotecnológicos desplegándose sobre un sistema solar cual parásito, mientras la única estrella en el centro yacía sostenida sobre seis pilares. Reposaba sostenida en la nada del universo, nadie sabe cómo, solo estaba allí mientras su vida era consumida a pasos inusitados.

Fueron nueve los planetas, cada uno consumiendo un tercio de la estrella cada siglo. Cuando vieron que ya no les quedaba más energía que extraer de su estrella, decidieron viajar a tierras lejanas, pero fue demasiado tarde.

Quien quiera que vivió en este lugar, vio como lentamente su principal fuente de energía y calor se iba apagando; fervientes consumidores sin consciencia, nacidos para extraer energía sin reproches. Pero aquel día se dieron cuenta que sus cohetes, todos aquellos hicieron implosión, y pasado un día, ya no existían cohetes ni modo de transportarse.

Aquel día fue la revolución energética, y la discordia de los habitantes de los nueve planetas se hizo presente.

—¡Somos una plaga! —Se autoproclamaron y evangelizaron, una fe ciega terminó por dejarlos estancados en la nada.

Y la luz de la estrella lentamente se vio sumada a la oscuridad. Uno por uno, los planetas iban muriendo. Fue así que terminó la vida de los Come-Estrellas, y tras de sí nació la primera enana negra. El recuerdo del sacrificio de los egoístas.

Y ella vio todo aquello, miles de generaciones de múltiples especies, los primerísimos generadores de entropía y consumidores de energía que el universo alguna vez vio. Ella los vio.

Y luego vio cualquier lugar.

Un paraíso a sus ojos llegó. Era una ciudadela asentada sobre el agua, flotante, en un mundo donde nunca nadie conoció alguna vez la tierra sino la que estaba en el fondo de las mareas.

Nunca nadie supo cómo aquella ciudad fue levantada en aquel lugar, fueron los últimos de su especie. ¿Quiénes fueron? Muchos tenían recuerdos lejanos, y una pequeña población que podía contarse con los dedos recordaba aquel pasado donde aún existían islas, tierra firme.

Aquellos seres que habitaban el mar sin fin tenían formas esféricas. Su cuerpo era sólido y de sus lados se extendía extremidades extensibles, perfectas para tomar objetos y manipularlos. Eran totalmente orgánicos, no podían ver, pero podían sentir, y esa era su forma de sobrevivir en un mundo de agua. Su tecnología no les propinó la dicha de la vida submarina, y los impulsos electromagnéticos que emitían los que reinaban bajo sus pies les hacía percibirlos a cambio de una descarga de corriente y radiación.

Todos se preguntaban, ¿por qué esta ciudadela esférica, con pasillos tubulares y escasa de aristas existe? ¿Qué sucedió antes? ¿Por qué algunos ancianos recuerdan cómo sus padres les contaban que, cuando había tierra firme, aquella tierra era explotada para buscar minas de minerales preciosos, y que en su camino a la riqueza hundían cada vez más y más los continentes?

Nadie nunca jamás supo cómo explicar esto, pero un día, uno de los continentes llegó al colmo de las explosiones, y descendió al fondo de los océanos, levantando olas que ningún ser del universo podrá rememorar jamás. Millones de vidas murieron ahogadas, nunca nadie lo vio venir, y los pilares de agua se alzaron sobre todos aquellos y solo quedó menos del veinte por ciento de la población de aquel planeta.

Pero la vida sigue, la vida sigue y hay que ganársela, ¿y si nos quedamos sin tierra firme? ¿¡A quién le importa!?

Y la codicia los abrazó, y las aguas tras ella.

Entonces ella vio todo aquello, como generaciones de formas marinas cualesquiera iban tomando terrenos y centenares de ciudadelas eran levantadas. Porque ante todo, la sed de supervivencia y la esperanza son lo último que se pierde. Ella los vio.

Y luego, luego vio cualquier lugar.

—Señor, simplemente no podemos hacer eso —replicó una voz a su derecha.

—¿Y quién dice que no? —preguntó entre risas.

—¡Señor! ¿No lo entiende? ¿Acabará con una raza entera solo porque siente celos?

—Así es. Si defienden su planeta, entonces les mostraré respeto, mientras tanto, el universo es vasto, ¿no crees? Una raza que muera no es nada para el infinito —sonrió aquel ser con forma espiralada, mientras flotaba en su tanque de líquido viscoso, lleno de azúcares y malta—. ¡Jajaja! ¡Vamos, quiero ver un espectáculo!

La entidad entonces apretó un botón, y una capsula diminuta fue expulsada desde uno de los recovecos de su nave elipsoidal, lanzándola sobre el planeta más cercano.

Y aquel planeta rebozaba de vida inteligente, diez mil siglos contabilizaban desde que alcanzaron el boom del desarrollo. Habían dominado el arte del viaje transplanetario y tecnologías de ensueño, pero nadie parecía preparado para esto. ¿Por qué destruir un planeta solo porque sí? Destruir… no es la palabra correcta. Además, no era porque sí.

La capsula llegó a su objetivo, en sus mares de azufre y dióxido de carbono, y se extendió en su superficie, aclarándolo, haciéndolo azul. Sus efectos se extendía a velocidades sónicas, y de pronto los cielos se volvieron azules; plantas de todos colores empezaron a crecer sobre suelo estéril. El aire, repleto de toxicidades, lentamente iba adquiriendo una mezcla extraña de oxigeno y nitrógeno. Parecía… Que el planeta estaba siendo curado, pero… ¿De qué manera?

Pasaron así varias horas, y la entidad que desplegó la capsula gozaba sobre su trono viscoso. Aquel era un ser de forma espiral, no podía ser descrito de mejor forma más que un remolino viviente, y se embriagaba en sus propias cosechas de azúcar y mal: dos de los elementos más exclusivos para su raza. Nadie sabe cómo hablaba, pero entre el remolino viscoso que creaba, podía apreciarse como ondas sinusoidales se formaban en su centro.

—¿Te gusta lo que ves?

—Señor… Esta conversión los matará, a todos.

—Lo sé, pero no merecen vivir. No es un planeta que podríamos vender así, recuerda que nuestros primeros compradores son personas de carbono, ¿no crees? —expresó con frialdad.

—Ciertamente… Aunque sigue siendo trágico, ¿cuánto pueden pedir por este planeta?

—Por lo que tengo entendido, es probable que ninguna especie de acá sobreviva, así que será rico en líquido negro. Además, gracias a su composición, desborda de minerales preciosos, ¿cuánto crees que le podremos sacar?

—Vaya, ¿entonces vamos a darnos un festín por los próximos siglos? —preguntó emocionado.

—¡Oh, chico! ¡Con este planeta podríamos tomar un exilio al borde del universo y vivir como los de Arriba! —dijo exaltado de aparente alegría—. Prácticamente seremos ricos, ¿no quieres serlo?

—Señor, ahora que lo pienso, voy a disfrutar esto tanto como usted.

Dijo aquella otra espiral de tonalidad azulada, descorchando así, con su momento angular, una botella que no tenía fondo y de una sola cara.

—Chico, brindemos por una nueva vida. ¡Salut!

—Salut, señor.

Así, bebieron lentamente sus pócimas mientras, como una onda, el planeta iba haciéndose azul de este a oeste, y cada páramo de aquel planeta se llenaba de vida oxigenada. Vida en base al carbón.

Y ella vio como siglos de avance se desperdiciaron en un abrir y cerrar de ojos. Como nadie nunca jamás vio aquello venir, y como nunca nadie supo jamás que sus pechos colapsarían y su piel sería carbonizada, derretida y esterilizada, mientras sus cuerpos se enterraban en los vastos pantanos de brea. Y de nuevo, las ciudades colapsaron y ella lo vio.

Vio como ni si quiera importaba recordarlos, porque nunca tuvieron lugar en el universo, nunca destacaron, solo existieron, ¿a quién le importaba que alguna vez hayan existido o lo que fueran? Solo estaban ahí, y tal vez alguien los vuelva a recordar. Eso, eso ella también lo vio.

Y luego vio…

Luego, luego vio cualquier lugar.

Frente a sus ojos vio una sombra disforme que tomaba la forma de una mujer hermosa. De su espalda brotaban múltiples alas y era tan blanca como la nieve; su cabello, tan oscuro como el vacío del espacio, llegaba más abajo de sus posaderas, y miraba tristemente a un ser cuadrúpedo peludo el cual tenía cuatro trompas.

Aquella criatura, hecha para dar tonadas dulces a través de sus trompas, con intenciones de dar una gran bienvenida, no pudo lograr su cometido, y en su lugar comenzó a tocar sonidos lúgubres que recordaban a la muerte y la soledad.

Era la última gota de vida en un mar oscuro. La mujer tomó a la criatura con sus manos y lloró, se desplomó en el piso de rodillas mientras lentamente la criatura empezaba a silbar para luego no hacer ningún ruido. Era la última vida de un mundo musical, un mundo que alguna vez conoció todos los sonidos del universo.

La delicadeza de sus manos colocaron a la criatura con suavidad en la arena roja, la arena roja que cubría todo el planeta, un planeta azotado por la plaga del silencio. Los celos y la avaricia de otras razas acudían a este planeta y explotaban a sus habitantes. Llegó entonces el momento en que esta reciprocidad se vio resquebrajada, y si este sonido sublime no era para uno, no era para nadie. Así fue como en tales paramos ya no se escucha nada, ni si quiera los vientos sobre las dunas rojas que ahora cubrían el último de una especie.

Y ella vio como la mujer se levantó y la miró cabizbajo, con tristeza y decepción, movió sus dedos en señal de que la siguiera. Fue entonces que la mujer tomó de nuevo su forma sin-forma y se hizo una con el vacío del espacio, desapareciendo. Y ella lo vio.

Luego vio…

Luego, luego vio…

Vio la Compañía Oscura tratando de traer una entidad sellada en el nunca acabar del universo, la Madre del Universo. Vio también cómo fracasaban, cómo nunca pudieron sellarla para sus propósitos egoístas.

Y eso, eso fue el principio del fin.

El mayor de los sacrilegios había sido acometido y el perdón de la Madre había sido destruido. Ya no quedaba ni una gota de perdón, ya no había más oportunidades.

Todo, todo acabaría.

Y también, también vio…

Vio a los pueblos de tres estrellas. Los pacíficos de la estrella azul; los bárbaros de la estrella roja; y los errantes de la estrella gris.

Los de la estrella roja siempre van detrás de los azules, los cuales eran embajadores de especies, y mantenían una eterna batalla entre ellos, pero no son pueblos cualesquiera. Ambos bandos eran inclementes guerreros capaces de arrasar planetas enteros entre sus disputas, y así lo han hecho, por los siglos de los siglos.

Devastaron galaxias tras galaxias, mientras los de la estrella gris reunía su séquito: los sobrevivientes de las últimas especies, los cuales probablemente hayan erigido nuevamente su estirpe, pero eso es algo que jamás se sabrá.

Todo el universo estuvo una vez cansado de esta guerra y por ello intentaron controlar a la Madre del Universo, y así callar las voces inclementes de los guerreros de las tres estrellas, los así llamados Vidnepas. Ella era la única que podría detener tal despliegue de mortandad que acabaría en algún punto con todo lo existente. Y así fue, ella fue traída a nuestro universo, pero…

Pero…

La guerra está en paz, pero los conflictos internos siguen, y los Vidnepas siguen apostados en todos los confines del universo, desplazándose, desunidos pero organizados para una misma causa: detener aquella fuerza fundamental que alguna vez fue liberada.

Pero…

¿Es necesaria esta guerra?

Ella lo vio, vio el final acercándose. Lo vio todo.

Miró una vez más hacia sus pies, entre los anillos que iba pasando. He allí un agujero blanco, y de su periferia salían remolinos y se iba acercando velozmente hacia ella. De pronto, sus ojos se hicieron trizas por el blanco absoluto del lugar. Ya no había nada, sólo luz en cualquier dirección. Su cuerpo se sentía flotando y al mismo tiempo sobre suelo firme, vagando en la incertidumbre.

De pronto, voces en todas las direcciones comenzaron a resonar, y todas las sensaciones comenzaron a recorrer su cuerpo en un vaivén frenético de locura. Las voces agradecían, blasfemaban, pedían perdón, permiso, propinaban palabras de amor, promulgaban incoherencias.

Hablaban en todos los idiomas que alguna vez existieron, terrestres y no terrestres. Palabras de odio y locura eran las que solían imperar sobre las demás, voces errantes, sin rumbo aparente, voces que solo existían en la infinidad de la nada como una fuerza fundamental.

La voz, una fuerza, no era la misma voz, era lo que ella representaba, la forma en que era representada. La voz, las ideas, ¿era acaso que el universo era una interpretación de una sola persona? Probablemente sí, y en este lugar se encontraba la verdad entre túmulos de cosquillas, dolor, suavidad, dureza, viscosidad y sensaciones que ningún ser jamás experimentó. Podía sentir todo junto, y al mismo tiempo no sentir nada.

Era el culmen de la locura, ¿podría acaso sobrevivir?

¿Era acaso necesaria la guerra?

¿Es esta la guerra? ¿Es esto de lo que nos protege la guerra?

¿¡Cuál es el punto de esto!?

El punto…

¿Cuál es…?

Ella.

Ella vio.

Como una mujer, la misma que vio en aquel planeta desértico sobrevolaba entre las voces, partiendo en pedazos su presencia entre los múltiples aullidos gritando en la infinidad de plegarias sordas.

La vio en su no-visión, sentada sobre un banco de madera alto pulido, y frente a ella un lienzo extraño, arrugado, quemado por sus costados, y la mujer cargaba en su izquierda una paleta de colores de matices oscuros, y a su diestra una brocha con sus cerdas rotas y maltrechas.

Luego, la presencia de aquella volteó hacia la no-mirada de la chica, sonriendo hacia ella, o lo que ella interpretó como una sonrisa, y luego volvió hacia el lienzo.

¿Por qué saltaste? —preguntó la mujer.

Era extraño que hablara en tan perfecto español, ¿o no? En realidad no sabía lo que ocurría, o cómo era que entendía todo y a la vez nada. Ella… Intentaba zafarse. Intentaba liberarse de las cadenas del desespero que la amarraban, pero era casi imposible.

Mientras tanto, aquella entidad tarareaba una melodía que nadie escuchó jamás.

¡Oh, dulce melodía! ¿Alguna vez escuchaste aquello que viste conmigo en ese planeta? Eran tan hermosos… Y sus melodías, lo eran aún más. ¿Te gusta?

La chica dejó de sentir presión por un momento, se alivianó de aquellos gritos ininteligibles y luego sintió a su perfección la presencia de la mujer. Era una melodía preciosa, aún para sus oídos ensordecidos por los aullidos desesperados de salvación.

Así, la mujer sentada en el trono de madera comenzó a pintar garabatos sin sentido sobre el lienzo, pero aun así, ella podía interpretarlos como debía… Como la mujer quería… Como la mujer…

Lo entendió.

Estaba en un sueño, o algo parecido. En realidad ese nunca acabar de alaridos le habían dotado del conocimiento de millares de voces que alguna vez resonaron en el cosmos. Aquellas voces le hicieron saber lo que aquella que se posaba al frente de sus ojos le quería decir, y ahora solo podía llamarla por una única y universal palabra: Madre.

Mira esto, ¿qué ves? —preguntó la Madre.

—Uhmmm… Ve- veo un-…

Su mente aún no se había acostumbrado al conocimiento absoluto de la lengua, y por ello titubeaba al intentar hablar en el idioma primordial de la Madre.

¿Ves lo que hay aquí? —señaló con su pincel la pintura—. Sé que sí. Ven, no seas tímida, mira lo que pienso.

La Madre le hizo una seña que ella conocía desde siempre, una seña para que se acercase y observara con detalle lo que acababa de crear.

De alguna manera, observó una guerra. Una guerra infinita entre conejos y el mismo universo, una guerra de colonización infinita. Entre los celos y ambición de aquellos conejos, pudo ver también la tristeza de la Madre, como en el pasado ella dio todas sus esperanzas sobre sus hijos.

Pero… ¿Quiénes eran sus hijos?

La Madre apartó a la chica por un momento, pintando más sobre su lienzo, y ella volvió a observar.

Ella vio a la Madre, trazando formas inimaginables sobre un lienzo impoluto e infinito. Se le veía animada, feliz, pintando con todas sus fuerzas el deseo absoluto de la felicidad. Aquellos mundos que ella dibujó, los hizo con la esperanza de que alguna vez fueran felices, donde no existiera la maldad. Mundos enormes, donde cada uno se valiera por su cuenta pero, que al mismo tiempo, fuera equilibrado, mundos que de alguna u otra manera tuvieran por objeto final encontrar la felicidad que les había dispuesto, ¿pero con qué la recibieron?

Los gritos de fondo comenzaron a alzarse de nuevo, pronunciando incoherencias cortantes las cuales punzaban sobre la piel de la chica como agujas y luego como cuchillos. Y pudo sentir la ira y la decepción de la Madre.

La Madre volvió a pintar, y esta vez colocó para su visitante tal obra, sin pedirle que por favor lo viera, solo que lo viera.

Vio una Madre cansada, todo lo que había creado, decepción total.

Y la visitante rememoró los parajes por los que había transitado, recordó los vicios de aquellos gusanos. La avaricia de los hombres con forma de esfera. El fanatismo y viejo sentimiento expansionistas y destructores de los Come-Estrellas. Y rememoró a las codiciosas espirales las cuales causaban holocaustos para sus fines enfermos de alcohol y dinero. Aunque también se había dado cuenta que esto era solo una pequeña probada de algo incluso más grande, donde su propia vida era efímera en comparación.

Y las entrañas del vació sin fin se alzaron un poco más, y retumbaron en los oídos sordos de la chica, haciéndola sangrar y llorar, pero no por el dolor, sino por el sentimiento compartido de la Madre.

Mataron, acribillaron, mutilaron, torturaron, exterminaron… ¿Todo para qué? —preguntó la mujer en el banco de madera—. ¿Acaso yo los hice para esto? ¿Para arruinar mi obra de arte?

Aquella extraña en el reino vacío entendió lo que era la Madre, y aun a pesar de su capacidad cuasi-todopoderosa, ella no lo entendía todo. Nunca supo por qué recibió todo esto, por qué su creación le faltó el respeto de tal forma.

¿Sabes lo lindo de su música? —preguntó de nuevo la Madre.

Al principio no sabía a lo que se refería, pero luego se dio cuenta que eran aquellas entidades sinfónicas.

Yo los disfrutaba, disfrutaba sus melodías entre tantas vísceras y sangre derramada. La guerra, ¿sabes? La guerra es necesaria…

Y volvió de nuevo al lienzo, y pintó más.

Y la visitante lo volvió a ver, y he aquí.

Una mujer inquieta, llorando, con ira en sus entrañas, queriendo acabar una guerra hecha por sus propias manos. Sus no-puños alzaban estruendos de ira, y el espacio alrededor de ella se estrechaba y colapsaba en gritos y alaridos de dolor y desesperanza. Pero aún con todo eso, el poder de la Madre no era el mismo, había repartido su esencia a través de su creación, a través del cosmos.

Así, los Hijos de las Tres Estrellas la detuvieron en su última cruzada por acabar con todo, a pesar de que ya había acabado con casi todo. Ellos, los conejos, habían postergado el fin último de todo… El fin último.

Creo que ya te diste cuenta de dónde estás.

La pintura, sin darse cuenta, cambió por nada, y ella lo entendió también.

Este era un Mundo Muerto, un lugar donde el cosmos había colapsado y toda esencia de vida se retorcía sobre sí misma. De forma espiralada, expresando cánticos de agonía y recuerdos de un odio más grande que ellos mismos. Una retroalimentación eterna entre la esencia de la Madre y los deseos caóticos de los que alguna vez existieron.

Entendió los patrones aullantes, y su mensaje. Y no quiso seguir interpretándolos por miedo a que la llevaran a la locura.

Así es, un lugar de dónde la misma Muerte surgió, ¿no te parece hermoso?

—Tú… ¿Cómo? —preguntó al fin.

Por qué, en realidad.

La pintura extraña se hizo oscura y luego tomó la forma de la Tierra, y sintió como el último de los improperios había sido levantado. Aquellos que habitaban las cuatro esquinas del planeta azul habían retado a la fuerza fundamental, intentando controlarla, pero en su camino solo hicieron que su ira llegara al absoluto caos.

Aún vencida por los Hijos de las Tres Estrellas en el pasado, ahora tenía una segunda razón para clamar victoria sobre este vasto y corrupto universo. Su odio a los humanos fue incluso más profundo que hacia los conejos.

Poco a poco, el vació absoluto sobre el que la chica flotaba se fue partiendo, y las voces se resquebrajaron en gritos de dolor, torturadas por eones de pensamientos aberrantes y nunca concebidos jamás, todos provenientes de la Madre.

Y la chica también fue partícipe de ello, y su cuerpo fue lentamente mutilado, desde sus extremidades hasta la raíz mientras prorrumpía sobre el mar de nada sus alaridos de auxilio.

Y al final de todo, cuando logre liberarme…

Brazos extraños fueron introduciéndose a través de la raíz de sus extremidades, dislocando todo hueso a su paso, y en su ombligo fue desgarrado en un helicoide fantasmal, dejando expuesta sus vísceras y el tórax completamente. Observando como todo aquello latía rápidamente, y como la voz de la chica dejó de ser una con su propia consciencia.

Me deleitaré. Deleitaré mi ser con eones de tortura. Revitalizaré mi alma con el sufrimiento y los gritos inclementes de tu gente. En un ciclo sin fin, una y otra vez —la Madre dio una pequeña sonrisa.

Cada clavícula fue arrancada, y el tubo intestinal fue retorcido y confeccionado para formar una pequeña esfera, y la chica seguía viva, y ya no conocía el dolor. Su cuerpo entumecido sintió cuando ella fue encerrada en la esfera de sus propias entrañas, lanzada a cualquier lugar, y por último, las suaves palabras de la Madre.

Gracias por visitarme, hace tanto tiempo que nadie viene aquí. Es todo un placer.

Volvió a sonreír mientras la esfera explotó en chorros de sangre oscura y la chica desapareció.

Así, la Madre se volvió hacia su lienzo, y sobre hizo un último dibujo.

Ella se dibujó a sí misma, sentada frente al lienzo eterno, y esparcía sobre él tinta negra, desde cada punta, pero un lugar se resistía a ser pintado, así como puntos diminutos en todo el dibujo restante. Esos lugares eran la última esperanza de vida, esparcida a través del cosmos y acumulada en un punto.

La Madre, iracunda, echó abajo el lienzo, prorrumpiendo sobre el infinito de nada:

¡¿Qué ha de esperarse de seres nacidos del último punto del infinito!?

Miró a cualquier lugar desesperada, sentándose de nuevo con delicadeza. Calmó su agitada voz por vez billonésima, hablándose a sí misma:

Qué ha de esperarse sino, por supuesto, el final de su vida.

Y todo se tiñó en nada.


Horas más tarde, la chica masacrada se despertó en medio de una sala abandonada bajo la isla, estaba rodeada de agentes y doctores de la Fundación, esperando su regreso para cesar la brecha de contención que había dado comienzo.

—¿Qué pasó? ¿Dónde estuve? —preguntó confundida mientras veía su cuerpo.

Ella estaba totalmente curada, sin signos de ninguna tortura infernal.

—Saltaste ahí adentro, aún no sabemos por qué. No supimos nada de ti por un año.

—¿Un qué? —estaba desconcertada.

Le dieron una manta para acobijarse y café mientras la llevaban a una sala para su largo interrogatorio.

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