El Canto del Cisne y el Fin de los Arcángeles
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La oscuridad se extendía a través de toda la existencia.

Una existencia pequeña, guardada en una cajita de seda y roble, enterrada.

Enterrada bajo tablas de madera y vigas de hierro, bajo concreto y bajo tierra, bajo el mundo y bajo sus pies.

Pero más que nada, enterrada en la memoria.

Sus ojos cerrados no verían nada más que la oscuridad aunque se abrieran. Hace tiempo se habían apagado, apagado, apagado y apagándose aún los reflejos en los sueños que existían aún.

Los dedos largos y fríos de un esqueleto en larga sotana sostenían su pequeña cajita, vulnerable pero aún cerrada. Perdida, perdida en las garras del olvido estridente.

El ruido mecánico de su vida era lo único que tenía, ya sin más recuerdos que devorar y mordisquear en busca de algo más que se escapaba.

Ya sin recuerdos, excepto uno. Un recuerdo que existía aún, existía, existía, existía, existía. Luz en la nada relampagueando salvaje entre los dedos de largas uñas y filo infinito. Un nombre, un nombre vivo que florecía en la tierra, sus raíces extendiéndose dentro de la caja. Un nombre que recordar, un nombre escrito sin borrar, alejado para siempre del damnatio memoriae.

Ese nombre, nacido bajo una tierra nueva y oscura sin estrellas. Ese nombre, designación eterna para sí. Su significado perdido para ella. Un círculo de fuego en la nada sin nada, sin siquiera el alivio de la silueta de más allá fuera, sin el sabor del éter tras las estrellas infinitas y los conejos que en él se escondían.

Blanca.


Blanca.

Las gotas caen


ca-en

ca-en


¿son mis lágrimas

o la lluvia?











Se reunieron entonces los tres ángeles, pues vieron la Amenaza negra esparcirse con Blanca muerta, y decidieron que habían fallado en su deber.

Lloraba Orthosie lágrimas azules, pues la memoria de siglos y siglos se perdería. El canto de Lutiya era apenas un susurro, pues su pulmón había sido atravesado por una daga de silencio. Y Zafur rompió el silencio propio, gruñendo tal vez en ira, tal vez en desesperación.

Donde había antes ira en sus ojos, ahora había compasión. El fracaso de los tres los llevó a un suelo común: el suelo santo y sagrado bajo los mausoleos.

Cuando por fin el llanto se apagó, los tres ángeles se decidieron.

Una última llamada a los Descendientes, que se abrazaran una vez tan solo.


¿Funciona, funciona?

Sí, se escucha bien.

Vaya. Es toda una circunstancia para conocerse.

Es verdad. Sería un momento feliz en cualquier otro día. ¿O5-7 tu también, cierto?

Siete. Solo nuestro amigo en común tiene número diferente. Doce, si mal no recuerdo.

¿Lo han oído ustedes también, imagino?

¿Qué cosa?

¡El canto! Dios, es hermoso, pero es tan terrible. Aún lo recuerdo todavía.

Nosotros no oímos nada. Solo es… Ingravidez. Ya no pesan los recuerdos.

Oh. Bueno… Nosotros tomamos una decisión algo apresurada.

¿Qué han hecho? Es difícil pensar en cosas peores que el silencio, pero ahora se oye tan hermoso… Ehm, digo. No puede ser tan malo.

No lo parece, ahora que terminó. Solo… Dejamos ir. De todo. De los milagros y las tragedias. Es como una canción que dejamos de silenciar. Parece todo tan pacífico ahora.

… ¿Se han rendido? No puede ser. No pueden abandonar todo así.

No hay mucho más que abandonar, ¿verdad? Ya no depende de nosotros tampoco. Dependía de los Ángeles, y ya sabemos cómo fue eso.

Pero… Los tres somos la Fundación. ¿Y no vamos a hacer nada?

No queda nada que hacer, amigo. Me alegra haberte conocido, pero en verdad debo decirte que tienes que disfrutar tu último rato. Con tu familia, hijos… O venga, solo con el silencio. Yo iré a disfrutar de la música unos minutos más. ¿Y tú?

Yo descansaré. Hace tiempo que el peso del recuerdo no me deja dormir. Ni siquiera eran recuerdos míos, sino que de una raza extinta.

No tengo a nadie. No hay nada más que el silencio…

Tranquilo, Jonás. Tampoco hay nada más que temer.


Uno a uno, los tres aceptaron la muerte arrastrándose hacia ellos, y se rindieron por fin, y la esperanza se apagó.

Pero en la última miseria, los ángeles conocieron también el amargo placer de lo desconocido.

La Fundación oyó el canto de Zafur, hasta entonces silencioso, y las tragedias y milagros acallados se esparcieron por el mundo. La miseria de Tailandia, la alegría de los fantasmas, y todos los recuerdos ensordecidos brotaron de la nada. La Instalación-57 oyó el canto, y sus entrañas se abrieron, y la música se esparció, los gentíos rivales e ignorantes admirando la belleza de lo extraño.

El último Annunaki lloró una lágrima negra, y conoció la destrucción del olvido; liberado por fin del peso del recuerdo, se deshizo, y los Nueve Santos bailaron al son de la nueva sensación. Orthosie de deleitó, y cada Vidnepa de las tres razas lo sintió, y el dolor del olvido se volvió alegría por un pasado que ya no colgaba sobre ellos.

La Coalición tembló sus últimos estertores, y Kayrós gritó en terror, pero una última llamada de Lutiya los calmó — y aceptaron el destino. El mundo conoció el silencio ensordecedor, y la deliciosa agonía que lo acompañaba. Fascinándose con el placer nuevo, la gente vio cómo el cielo se abría, y las maravillas del espacio moribundo brillaban tan fuerte una vez más.

Y los tres mundos se vieron entre sí, estupefactos, pero calmos. Los del mundo gris conocieron el canto maravilloso de lo extraño. Los del mundo azul conocieron el silencio maravilloso, y los tres mundos sintieron a la vez la belleza del recuerdo a la vez que desaparecía por vez última.

Y los ángeles se abrazaron, llorando de alegría, mientras el óxido los devoraba. La oscuridad apagaba las estrellas, pero le habían robado al Enemigo su último placer: la victoria.

Y las luces se apagaban, y los ojos se cerraban, y las sonrisas finales desaparecían.

Y los cantos y silencios se volvieron uno, y el olvido y la memoria uno con ellos.

Y la oscuridad cerró sus fauces sobre todo lo que quedaba, pero el plato quedó chico, y las gentes de todos los mundos desaparecieron sin terror.

Y la noche reinó sobre nada; si no hay nadie para verla, ¿existe de verdad?

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