Incidente Cero Parte 1

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La llamada, como muchas de las peores cosas en la vida, llegó a la 1 de la madrugada.

Adrian gimió y dio una vuelta en la cama, separándose a regañadientes del calor, la suavidad y el aroma de Beats. Una de sus manos hurgó en la mesita de noche en busca del teléfono, casi empujando un vaso de agua medio lleno sobre una vieja novela de John Grisham. Abrió el teléfono, silenciando el molesto tono electrónico, y se llevó el dispositivo a la oreja.

—Andrews al habla —dijo, aturdido— ¿Qué sucede?

Tan solo hubo una pausa al otro lado de la línea.

—Lo siento, Adrian —dijo una voz suave y tranquila— Creo que marqué el número equivocado. Neil Ghost al habla. Estoy buscando a Maddox.

—¿Qué? —Adrian dio un rápido vistazo al teléfono que sostenía. "Maldición, agarré el teléfono de Beats por accidente", pensó—. No, no, tienes el número correcto —dijo—. Pondré a Beatrix en la línea.

Silenció la llamada, rodó de regreso a la cama y sacudió el hombro de su amante.

—Beats… —susurró.

—Ahora no —gruñó Beats, colocando las sábanas sobre su cabeza.

—Ghost pregunta por ti.

—¿Neil? ¿Qué demonios quiere ahora? —le preguntó Beats, su voz era apenas audible debido a las sábanas.

—No sé, no me interesa —Andrews le colocó el teléfono en la mano— Iré al baño. Avísame si es algo importante.

Beats dejó escapar un leve gemido—. Maddox al habla —dijo—. …no, Neil, no responderé por qué Andrews tiene mi teléfono a estas horas de la madrugada, no es asunto tuyo…

Adrian bostezó y salió de la cama. Trastabilló al entrar al baño y se tomó un momento para relajarse, mirando de mala gana su reflejo en el espejo de tres cuartos de largo ubicado detrás del inodoro. Quien sea que haya colocado ese espejo allí, no había considerado el efecto que este podría tener en un hombre de pie al orinar…

… no es que tuviese algo de qué sentirse avergonzado, en lo absoluto, pero aun así, era capaz de hacer que cualquier hombre se sintiera incómodo.

En cambio, mantuvo los ojos fijos en su propio rostro: el rostro de un nerd de psicología de treinta y tantos años con un curso intensivo de combate letal en su haber. Los ojos fijos de un hombre que había presenciado el verdadero horror, y había sido capaz de sobrevivir a ello. El cuerpo pálido de un ermitaño intelectual que fue forzado a convertirse en un soldado.

Sus ojos. Su rostro. Su cuerpo.

Terminó, se sonrojó y se lavó las manos en el fregadero, sacudió sus manos mojadas en dirección al espejo con el fin de que las gotas de agua distorsionaran su reflejo.

—Deja de hacer eso —le dijo Beats—. Dejarás manchas de agua en el espejo —ella se encontraba de pie junto a la puerta del baño, parecía estar preocupada.

—Perdón —dijo Adrian—. ¿Qué sucedió?

—Es Neil —respondió Beats, señalando su teléfono—. Quiere hablar con nosotros.

Adrian frunció el ceño. Se llevó la muñeca izquierda a su antebrazo derecho. ¿Enemigo?

Ella sacudió la cabeza y le dio un saludo con la palma abierta. No te entiendo.

—Espera —dijo ella en voz alta—. Te pondré en altavoz —presionó un botón del teléfono y lo dejó en el mostrador del baño.

—Oh, está bien —dijo la voz de Neil—. ¿Pueden escucharme ahora?

—Sí, fuerte y claro —dijo Adrian—. ¿Qué sucede?

Adrian escuchó a Neil suspirar al otro lado de la línea—. Tenemos un problema —dijo Ghost…


El único sonido audible era el leve zumbido de la aspiradora, aparte de los anuncios automáticos dados por el intercomunicador del aeropuerto. Ella estaba agradecida por ello: había elegido específicamente este aeropuerto porque era el más pequeño de la ciudad - realizaba vuelos para pasajeros y vuelos privados en su mayoría. En caso de que todo marchara bien, eso no importaría, pero en el caso contrario, ese hecho podría darle unos preciosos minutos extra.

Su tarjeta de embarque estaba en el bolsillo de su chaqueta, y su maleta descansaba junto a su asiento. Traía consigo una funda de pistola plateada que, a diferencia de su otro equipaje de mano, no contenía una pistola dentro. El reloj indicaba que faltaban veinte minutos para abordar, al igual que las últimas cuatro veces que había revisado.

Luchó contra el impulso de ponerse de pie y dar la vuelta. Atraer cualquier tipo de atención hacia ella sería malo. A pesar de que su corazón latía con fuerza, a pesar de que sus palmas sudaban, ella se mantuvo sentada en aquel desgastado asiento, con la cabeza inclinada, intentando ver el mundo como lo haría un vacacionista exhausto que se dirigía a casa después de un largo viaje al extranjero: cansada del mundo, cansada de la aventura, buscando tan solo la oportunidad de ir a casa y dormir en su propia cama y …

… y …

Pisadas. El distintivo sonido de duras y resistentes suelas de botas tocando el linóleo. Echó un vistazo al pasillo con el rabillo del ojo y su corazón se hundió.

Un hombre y una mujer caminando en dirección a ella.

Todos sus planes de escape murieron entonces. No tenía sentido tratar de correr ahora, tan solo moriría exhausta.

Se abrazó con fuerza mientras los pasos se acercaban cada vez más. Se detuvieron frente a ella: dos pares de pesadas botas de combate, un par perteneciente a un hombre de talla cuarenta y cinco1; el otro par, el de una mujer de talla cuarenta2.

Ella levantó la mirada. El rostro de Adrian Andrews se veía demacrado, sus ojos marrones —escondidos tras las gafas— tenían aquella mirada inerte característica de los soldados. Aquello era algo normal en él. Pero llevar pantalones deportivos y un pijama de franela, no lo era. A Adrian usualmente le gustaba vestir como el académico que alguna vez fue, con camisas abotonadas, chaquetas grises y pantalones desgastados. Sin embargo, todavía se comportaba como tal: con las manos metidas en los bolsillos luciendo pálido y encorvado, sin la dura y recta disciplina de un soldado entrenado.

—Hola… —susurró ella.

—Hola, Iris —dijo Adrian, sonriendo levemente—. Sabes por qué estamos aquí, ¿verdad?

Iris Thompson, 15 años, (también conocida como SCP-105), hecha un ovillo y empezando a temblar—. Sí —susurró, con la garganta seca y dura—. Están aquí para traerme de vuelta.

—Sí —asintió Adrian— Así es.

Iris tragó saliva. Tenía la garganta seca. Su corazón latía con fuerza—. Doc… Doctor Dantensen —gimió, su voz empezó a tomar un tono afligido por la desesperación—. Leyeron su informe, ¿verdad? M-mis p-poderes se han ido. No puedo… no puedo hacer lo que solía… —ella dio un hondo y fuerte respiro—. Ya no soy … no soy un SC-"

—Iris —interrumpió Beatrix—. Basta de tonterías. Sabemos que Dantensen falsificó los datos. Neil está preparando una auditoría en este momento. Mañana por la mañana, O5 iniciará una votación y tu orden de liberación será revocada …

—¿Y si ustedes se equivocan? —espetó Iris— ¿Y si Dantensen está en lo cierto, y realmente perdí mis poderes? Qué es lo que harán, ¿Encerrarme de nuevo hasta que esté muerta?

Su voz hizo eco a través de la vacía sala del aeropuerto… sospechosamente vacía, de hecho. Ella echó un rápido vistazo a su alrededor. El aeropuerto se encontraba completamente vacío. No más conserje aspirando la alfombra. No más de aquella anciana cansada y solitaria que manejaba la taquilla.
Los únicos presentes en la habitación eran Beatrix, Adrian y ella misma.

—Iris… —empezó Beatrix—. Escúchame… — Se dejó caer sobre una rodilla frente a la chica—. Sé que la vida en el Sitio es dura…

—Es una puta tortura… —interrumpió Iris.

—Lenguaje… —reprendió Adrian.

—¿Podrían callarse y dejarme terminar de hablar? —les espetó Beatrix.

—No quiero seguir hablando —respondió Iris—. Quiero ir a casa.

Se escuchó un tintineo suave dado por el sistema de intercomunicación. Detrás de las amplias ventanas de vidrio, se podía ver a un pequeño avión de pasajeros acercándose al puerto.

—Y ese es mi vuelo —Iris recogió su maleta y cámara rápidamente—. Adiós.

Beatrix levantó la mirada hacia Adrian, luego observó al avión que se aproximaba. Hizo un leve ademán con sus manos, el cual Adrian respondió sacudiendo la cabeza y un ademán propio. A ella no parecía haberle gustado aquello, porque inmediatamente se puso de pie y se alejó unos pasos, observando por la ventana el asfalto del aeropuerto.

—Perfecto —dijo con calma Adrian—. Lo intentamos a la manera de Beatrix. Ahora, lo haremos a mí manera.

Arrojó una cámara Polaroid al regazo de Iris. Esta mostraba el mecanismo interior de una pistola de pequeño calibre.

Iris levantó la mirada, horrorizada.

Adrian sacó una pistola de su bolsillo, la cargó y la colocó en su sien—. Voy a contar hasta tres —amenazó—. Y procederé a pegarme un tiro en la cabeza. Puedes detenerme si decides usar tus poderes.

Iris rio nerviosamente—. Adrian, detente… Esto no es gracioso…

—No estoy bromeando, Iris. Si Beats y yo regresamos sin ti, daría igual si estamos vivos o muertos. Tan solo hago el trabajo por ellos. Uno…

—Adrian, por favor… —imploró Iris. Poniéndose de pie—. No me obligues a hacerlo…

—¿No quieres regresar con nosotros? Muy bien. Pero si de verdad quieres ir a casa de esta forma, lo harás con mi sangre en tu consciencia. Dos…

—¡ADRIAN! —gritó—. ¡PARA!

—Tres.

Se escuchó un click sordo.
Beatrix estuvo allí casi de inmediato. Agarró a Iris por los hombros y la abrazó mientras las lágrimas se elevaban y comenzó a sollozar.

Iris se dejó caer sobre sus rodillas, sosteniendo la fotografía en una mano. El percutor de la pistola de Adrian cayó de su otra mano, se escuchó un tintineo parecido al de un cristal cayendo.

Beatrix se acercó inmediatamente. Sostuvo a Iris por los hombros y la abrazó mientras las lágrimas empezaban a caer acompañadas de un triste sollozo.


Adrian colocó, silenciosamente, su pistola de plástico de regreso a su bolsillo y se alejó de aquel lugar. Sus manos temblaban tanto que apenas fue capaz de abrir su celular y marcar un número que no existía en ningún registro telefónico del mundo.

—Ghost al habla —dijo la voz en la otra línea—. Reporte.

—Adrian Andrews, Destacamento Móvil Omega-7 —dijo Adrian—. La agente Maddox y yo acabamos de capturar una anomalía humanoide confirmada. Reabran el archivo SCP-105 y borren todo informe previo que sugiera la pérdida de habilidades anómalas.

—Entendido, Agente —respondió Ghost—. Una celda de contención será preparada para su regreso… —una pausa—. ¿Algo más que agregar?

—¿Algo más que…? —Adrian inhaló profundamente, tragando los improperios contenidos por sus labios—. ¿Neil? Dile al O5 que si alguna vez nos piden hacer algo como esto otra vez, Beatrix y yo presentaremos nuestras renuncias. Esta fue la peor cosa que he tenido que hacer, y eso incluye viviseccionar gatos vivos.

—Adrian, sabes que estoy haciendo lo mejor que puedo. Este último incidente no ayuda mucho que digamos.

—Neil, ¡Dantensen hizo lo que hizo porque no es lo suficientemente inhumano como para tratar con un puñado de niños adolescentes como si fueran animales de zoológico! ¡Secuestras personas y las alejas de sus familias, encerrándolos en celdas, los tratas como—

—Mira… Adrian. Lo entiendo. Créeme que lo hago. Pero no podemos hablar de esto a través de una línea insegura. Regresen al Sitio-17 lo más pronto posible, y veremos qué hacer entonces —Otra leve pausa—. Haré lo que pueda con el O5, pero si Iris no regresa a nosotros, no podré hacer nada al respecto. ¿Tienen algún transporte?

—Fritz dijo que tendría un heli esperándonos en la plataforma. Volaremos al Sitio más cercano y esperaremos allí para recibir más instrucciones.

—Háganlo —dijo Ghost. Hubo otra larga pausa—. Mira Adrian, por lo que vale, creo que tenemos una gran chance de lograr que al menos se les permita a las anomalías menos peligrosas socializar un poco más seguido. Podemos usar este incidente como una demostración de cómo el aislamiento es perjudicial para sus estados emocionales…

—Guárdatelo para cuando nos reunamos en persona —interrumpió Adrian—. Ahora mismo tengo cosas importantes qué hacer. Andrews fuera.


Nadie se fijó en el negro helicóptero sin marca ubicado en la plataforma para helicópteros, mucho menos, en los tres pasajeros que cruzaron la pista de aterrizaje. Como era de esperarse.

Adrian cargó con su equipaje mientras Beatrix ayudaba a Iris a subir dentro del helicóptero. Los movimientos de la adolescente eran apáticos, hoscos. Nada fuera de lo normal.

—¿A dónde? —preguntó el piloto, tan pronto como Adrian ingresó al helicóptero.

—Me importa una mierda —respondió Adrian—. Solo llévanos al Sitio de la Fundación más cercano tan pronto como sea posible.

—Yellowstone entonces —dijo el piloto—. Serán un par de horas.

—Como sea. Si me necesitas, estaré en el asiento de atrás.

Adrian salió de la cabina de mando y tomó asiento en la zona de carga del helicóptero. Iris estaba acurrucada en su asiento, abrazando sus rodillas. Ella le dio una mirada de enojo, mientras los rotores giraban en silencio.

—Sabes, ella detesta tus agallas —Beats se sentó detrás de Adrian mientras el vehículo tomaba vuelo.

—Mientras siga con vida, puede odiar cuanto quiera de mí.

—¿No piensas hablar con ella?

—En lo absoluto. Ella me odia. Encárgate tú de hablar con ella.

—¿Por qué tengo que ser yo la que consuele a la adolescente rebelde y enojada? —se quejó Beatrix—. Se supone que tú eres el psicólogo entrenado.

—Sí, pero tú eres la mujer. ¿No se supone que las mujeres están hechas para esto, tienen un… ya sabes, instinto materno natural y esas mierdas?

Beats le dio un golpe en el hombro, un fuerte golpe—. Imbécil. Solo por eso, puedes ocuparte tú de todo el papeleo sobre este incidente —ella se levantó y se dirigió al otro lado de la cabina, se sentó junto a Iris, quien inmediatamente se apartó, arrinconándose contra la ventana de la cabina.

Adrian suspiró y sacó un cuadernillo rojo de su bolsillo. Sacó una pluma y comenzó a escribir.

La Misión de Recuperación fue todo un éxito. La estoy calificando como, "Recuperada bajo pena de muerte por SCP-173." Sí. Eso sonará bien en el informe…


—¿Agente Andrews?

Adrian se despertó de su siesta, con los ojos nublados y adoloridos por haber dormido sentado y abrochado a su asiento—. Andrews —dijo por el intercomunicador—. Dime.

—Me pediste que te avisara cuando faltaran diez minutos para llegar y así podrías llamar a Yellowstone Mountain. Bueno… estamos a diez minutos.

—Sí, gracias —dijo Adrian—. Aguarda un segundo, voy a la cabina.

Se desabrochó el arnés y se dirigió a la parte delantera del helicóptero—. ¿Tienes algún casco extra?

—Claro —respondió el piloto—. En la posición del jefe de equipo, ahí abajo.

—Gracias —dijo Adrian, tomando los cascos y colocándolos sobre su cabeza—. Conéctame con el Sitio.

—¿Cuál Sitio? —preguntó el piloto.

—El Sitio… —Adrian frunció el ceño—. No puedo… no puedo recordarlo. ¿A dónde se supone que vamos?

—Yo… No estoy completamente seguro, señor —respondió el piloto, frunciendo el ceño—. Podría haber jurado que…

Adrian observó la ventana delantera. Sus ojos se abrieron en un gesto de terror—. ¡GIRA HACIA ARRIBA! —gritó.

Delante de ellos se encontraba una gran montaña cubierta de nieve, la cual empezó a parpadear como una cinta VHS de mala calidad y estalló


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