Disección
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Me siento y pienso, que esto nunca va a parar. Otra vez, atado a la nada, no soy nada. No somos nada. Un vacío en la existencia. En la inexistencia. Hay un agujero que me obliga volver, ¿qué es esto que veo? Yo…

Soy algo.


— "Alfonso, ven a ver esto."

Eran dos señores sentados fuera de la gran catedral. Uno cargaba una sotana puesta, el otro un rosario transparente. Podía olerse el olor a lavanda, y cada cana reflejaba las horas que le habían dedicado a su Dios.

— "¿Hombres-Buitre? Esto tiene que ser una broma, ¿verdad?" — Dijo arreglándose la ropa eclesiástica.

— "No lo sé… siento que deberíamos entrar." — Dudó en su criterio mientras arreglaba su cadena de plata y oro.

— "Nuestro señor Dios es capaz de todo, pero esto suena como una tontería. Los textos no dicen nada sobre buitres."

— "Y cuando estés en el lecho de tu muerte, aquellos que juegan en los cielos a ser ángeles caerán, y verás la verdad; pues no eres digno de ir al reino de los cielos. Y descenderán, y ese día será tu último día como algo de una pieza; pues tu mente y alma separadas serán, y tu cuerpo vagará por los siglos de los siglos en inmensa pena." — Dejó de hablar, y miró al piso.

— "Ya veo… ¿pero de verdad es así?"

— "¿Quieres comprobarlo? Dejemos que pase este día y seremos libres."

— "Mmm… vale." — Afirmó antes de ver algo negro en el horizonte.

Caminando en las paredes, encima de los techos, saliendo de las alcantarillas. Uno, diez, cincuentas. Una horda de pequeños pájaro-hombres con cabezas sin pelo ni piel se revelaron, y detrás de si cargaban a un ejército de humanos, cada vez más iracundo, corriendo, todos corren.

¿Por qué corren? ¿Acaso van a…?

Si, ellos lo saben. Como alma que lleva el diablo, cerraron las grandes puertas de la iglesia y descendieron por las escaleras a ningún lugar.

En el transcurso, el Padre Alfonso había recordado sus libros de magia divina, y rezándole a su único Dios, a los santos y los apóstoles, creó barreras que permanecían de pies gracias a su fe. No les permitiría llegar a ese lugar tan preciado.


¿Por qué estoy en este lugar? Es una gran… librería… y, siento como mil millares de palabras me ven y me escuchan. Es raro, si, pero no logro comprender por qué son palabras y no personas. Siento un tock tock tock… son… ¿escaleras?


Mientras se cerraba la puerta tras ellos, miraban hacia adelante la gran y maravillosa biblioteca y a todas las personas que en ella habitan. La zarza siempre arde. La zarza es una, y una es con Dios.

— "¿Sabes más de esto, Raúl?"

— "No recuerdo bien, pero si sé dónde encontrarlo, sígueme." — Y empezó a subir unas escaleras.

Treinta pasos hacia arriba, cuarentas pasos hacia adelante, cruzar a la derecha, diez pazos. Llegamos.

— "Estuve aquí hace tiempo, recordaba que leía sobre los que vinieron antes del Gran Incitador, y me encontré con ellos." — Tomó un libro y lo sacudió un poco.

El Vacío desde Caín a Abraham era el nombre que tenía el libro, y Raúl lo abrió, y mostró la página ochenta


Un retumbar. Eran patadas, eran gritos, graznidos, sollozos, aletazos, chapoteos, llamados a caza, puñetazos, gemidos. Era locura.

La madera de las puertas dejaba entrar el líquido carmesí de los hombres, pues desde la escaramuza lanzaban los corazones por el cielo.

Los monjes aguardaban del otro lado de la puerta, esperando a su ruptura para usar la palabra divina. Eran tres maderos en vertical para detener la cruzada.

Tres, dos, uno, cero.


— "Mmm… es raro. No había visto esto aquí antes, tal vez sea yo que luego de leer media biblioteca esté empezando a alucinar. Como sea, lee esto." — Y abrió la página 68.

Alfonso empezó a leer, y vio con extrañeza a Raúl, y este a él.

68, La Iluminación de Lamec.

A los descendientes de los gigantes, a los hijos de sus hijos, y a los hijos que vendrán. Escuchen la palabra del señor.

A los descendientes de Abel y Eva, temed; porque su idolatría perecerá en el día de todos los santos.

Lamec, hijo de Matusalén, patriarca de Noé. A él la gloria de la contemplación.

Eran quinientos cincuenta y cinco sus días.

"En los terrenos de las aves que mascan carne no estarás; pues de ellas nace la lujuria", miróle su niña Saraí, "Padre, ¿de dónde han de nacer las aves?"

"Aquellas aves de huesos por cara nacen de ti, hijo. Pues cuando la parca venga a reclamar tu cuerpo, ellos que juegan a ser ángeles caerán; pues es la verdad lo que vendrá después.—

— "Vaya, se ve que lo que me dijiste es tu interpretación" — Contestó Alfonso ante la lectura.

— "Básicamente, pero se entiende esta parte, es básicamente lo que dije pero de otra forma, podemos saltarlo y puedes leerlo si quieres." — Respondió Raul para seguir con su lectura.

¿Y nuestro señor? ¿Él nos salvará? Díjole Saraí.

Las aves sólo descienden sobre los que van en contra de Jehová, nuestro señor; pues la peste y agonía será para los que sigan la mentira.

¿Y qué hay de Aquel Que Guarda los Secretos del Señor?

El señor no tiene que guardar secretos, pues su verdad siempre está presente; y si dijérole la mentira, no es nuestro señor. Tu Baúl es el falso Dios de los evitas y abelitas.

¿Cómo es él; su falso Dios?

Mira la noche, hija. Sacude a las estrellas y tira la luna hacia ellas, y hazlas noche. Ese es el Dios de los evitas y abelitas; quien se encuentra en el caos de la noche.

— "¿Caos? Oye, ¿no crees que el tipo que escribió esto habla de forma muy moderna?" — Preguntó Alfonso.

— "Tal vez puede ser por la traducción, este no es el texto original." — Respondió Raúl.

— "Bien, sigue leyendo."


Me subo canto y bailo. Soy lo que soy con reque-requeson, reque-requeson son son…

Todos los santos y apóstoles caían sobre la plaga negra que había entrado, rezando para eliminarla, y avanzaba hasta la puerta trasera.

Toda imagen fue rota y todo banco fue roto. Toda ofrenda y toda agua fue ingerida y toda cordura fue quebrada. Y ahora bajan por las escaleras traseras.

Y hay treinta y cinco barreras de fe antes de llegar al final.


Tock, tock, tock…


Padre, ¿y qué será del falso Dios?

Hija, el día en que el falso Dios venga, toda tierra y toda alma será invadida. El pueblo de Adán será devuelto a su estado primigenio y en la faz de la tierra no existirá alma que pueda salvarte—

— "Estoy seguro que esto no es una traducción…" — Dijo Alfonso.

— "Mmm… ¿Debería continuar? Después de todo lo que nos queda es rezar y esperar." — Respondió temeroso Raúl.

— "Qué más."

Padre, ¿cómo son los evitas y abelitas? ¿Los has conocido?

Son guerreros que no merecen el amor de nuestro señor Yaveh

69, La Iluminación de Lamec.

Míralos bien, hijo. Reconócelos cuando estés cerca de ellos, pues son mulas de carga. Los evitas son animales de montañas, pastan, y su pelaje los cubre para que la bendición de Dios no toque su piel. Los abelitas miran a través de tu alma y te preguntan si quisieras ir con los evitas, pues dicen ser los portadores de la luz. Reconócelos por su hocico y su melena, míralos bien, pues son duros de carne.

Padre, ¿por qué las aves nos acechan?

¿Has sentido la Bendición de nuestros señor Yahveh en este lugar? Ellos quieren robarla. Ellas son descendientes de evitas y abelitas. Robándola, pueden hacer creer a todos los pueblos de que Dios está consigo, y ahora vienen por nosotros—

— "Esto se pone raro…" — Dijo Alfonso.

Miroles pues, descienden de una gran nube y escapan de las puertas de la locura. Corren por el fuego del señor que fue puesto ante nosotros para dejar de ser nada. Y en su camino desvían al rebaño del señor y los acechan con látigos y gritos. La sangre, la alegría de la copulación, se acercan cada vez más…

Padre, eso no—

Alabado sea el señor, alabado, alabado sea. Pues es quien nos salvará cuando las puertas se rompan y bajen por las escaleras a la verdad. A las escaleras donde podrán regresar los evitas y abelitas luego de ser devorados por su falso Dios…


Treinta y cinco. Treinta y cuatro. Treinta y tres…

¡HURRA, HURRA! ¡BAILEMOS ESTE VALS! ¡UN DOS TRES! ¡UN DOS TRES! ¡UN DOS TRES!

Treinta y dos. Treinta y uno. Treinta…

El señor es mi pastor nada me faltará… Jajajajajaja… por verdes prados me llevará y en el valle de las sombras no me desamparará…

Veintinueve. Veintiocho. Veintisiete…

¡A la víbora víbora de la mar, por aquí podrás pasar, los de atrás…!

Veintiséis. Veinticinco. Veinticuatro…

Nos faltan veintitrés, y aún no tenemos perros calientes.


Relamerme esperando es un sufrimiento. Aún veo las palabras y puedo sentirlas… no sé si es correcto lo que haré…


Veintitrés. Veintidós. Veintiuno. Veinte. Diecinueve. Dieciocho. Diecisiete…

Espero para despertar del letargo de mi Dios, pues lo he hecho mi falso Dios para liberar al pueblo de Adán. Pues no somos los rastreros que piensan que somos, somos hermanos de canoitas, ninitas y zeruitas, quienes alguna vez luchamos contra nuestro Dios inexistente.

Dieciséis. Quince. Catorce. Trece. Doce. Once. Diez…

La zarza, la zarza siempre arde para nosotros. Nosotros queremos hacer la zarza, y que la alianza entre dios padre omnipotente, y los ángeles y los arcángeles, sean uno con ustedes. Para eso, tenemos que hacer volver al falso Dios al sí. A que se vuelva algo real, y sea visto como la maldad, algo que no debe ser seguido…

Nueve. Ocho. Siete. Seis. Cinco. Cuatro. Tres…

Y fueron setecientos setenta y siete sus días. Y llegaron los evitas y los expiamos de todo el mal en su mente, mientras el rencor del falso Dios nos perseguía en los cielos, para luego irse. Y murió.

— "¿Por qué llegó a tres…?" — Preguntó Raúl.

— "¿Es enserio? ¡¿Vas a preguntar eso?! Esto es… raro, y es como si se relacionara con lo que está… Un momento, déjame pasar la página."

70, La Iluminación de Lamec.

Dos. Uno. Cero…

La puerta fue tirada y la parvada de buitres empezó a dispersarse por la biblioteca. Ya no parecían sólo un tumulto, tenían una meta, al parecer, pues se pusieron en círculo y las personas que los seguían empezaron a colocarse en el centro mientras uno por uno, eran eviscerados y exentos de sus líquidos vitales.

Y de entre la pila de personas que se había hecho, apareció un hombre. Y Raúl y Alfonso se asombraron. Era un descendiente evita, escupió hacia la nada para tranquilizarse mientras acariciaba su pelaje. Con una de sus cuasi-manos señaló a Raúl y a Alfonso quienes estaban en el segundo piso de la biblioteca observando todo. La bajó, y descendió por la pila de cadáveres.

Los hombre-buitre abrieron su camino y lo guiaron hacia las escaleras que subió para llegar al segundo piso. Los ángeles de los restos se quedaron esperando, mientras el evita caminaba hacia los hombres de fe indefensos, esperando su destino, pero inquietos, porque aunque la palabra del señor estuviera con ellos, eran hombres.

Y los de abajo descansaron, y el de arriba se sentó al frente de los dos hijos de la zarza y los miró.

— "¿Son creyentes, no?" — Preguntó el evita.

— "… Creo que esa pregunta está demás." — Respondió Alfonso.

— "Pues si, lo digo para que crean en mis palabras. El punto de todo esto es… hacerlos libres de sus pecados. Que queden exentos de todo lo raro que los aceche, lo que no sea obra del señor. Pero, esto es necesario, y creo podrían ser sus portadores."

Raul y Alfonso se quedaron mirándolo con extrañeza.

— "El Dios de los evitas y abelitas viene, y quiero que estén seguros, pues en ustedes confió, los que portan la luz, para llevar este mensaje de esperanza. Cuando desaparezcamos, lo único que nos hará volver será lo que nos hizo desaparecer. Hace tiempo conocí a gente como ustedes, y sé que no nos pueden decepcionar, ¿eh? ¿Zarza? Lleven este mensaje con ustedes, y miren siempre las puertas de sus sanatorios. Los únicos locos son aquellos que no quieren ver la realidad."

El hedor penetrante de carroñeros y humano se unió en uno, y derritieron a Raúl.

Alfonso…, Alfonso miró. Se miró a si, a todos lados. Quería vomitar, quería vomitar, QUERÍA VOMITAR QUERÍA VOMITAR QUERÍA DESHACERSE DEL SUFRIMIENTO DE LOS QUE EXISTEN EN LA INEXISTENCIA.

RESPIRAR, INTENSA, DETENIDAMENTE. OLER EL HEDOR Y… MIRAR AL FALSO DIOS.

Y su mente se apagó.


N#: 58 Sujeto: D-41235 Tiempo Transcurrido: 3 días
Cuadro Psíquico: Hombre, 30 años. Cristiano.
Nota Resultante: Con él permanece la llave a todos los males que pueden devenir. Que el señor esté con ustedes.
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