Una batalla entre Dioses
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Cuatro días fueron los que caminaron hacia el este, cuatro días en dirección al sol, siguiendo los pesados pasos del coloso, y en el atardecer del quinto día, sucedió.

Su camino bordeaba los limites de un añoso bosque, con arboles enormes y muy viejos, tan altos como los pilares de un templo, y parecían igualmente antiguos. Un bosque sombrío que a medida que el sol bajaba en el horizonte parecía ser cada vez más un hogar de sátiros y centauros, y ellos lo bordeaban mientras seguían su camino hacia la guerra.

Pero la guerra llegó a ellos, y vino del bosque. Primero fueron los ladridos, lejanos al principio, luego más y más fuertes, como de perros, pero había una cualidad en ellos que no tenían los ladridos de aquellos que ayudaban a los pastores o cuidaban el hogar, algo agresivo, bestial, babeante. Los ladridos surgían de las profundidades del bosque, y no sonaba como una simple manada de algunas decenas, se oían como si fueran muchos más. Y luego el aullido.

No era como el del lobo, era más jadeante, y no eran muchos, era uno solo, una garganta de bestia formada por muchas gargantas de bestias, y el aullido creció y creció, y del mismo modo creció el frío en el pecho de los mercenarios, y las manos buscaron las empuñaduras de las espadas y los mangos de las lanzas. Y el aullido terminó y volvieron los ladridos, y finalmente surgieron del bosque, galopando en sus patas deformes.

Eran como lobos, pero no parecían lobos, sino una masa de aberraciones. Su piel no era piel, y tenía el color rojo de la carne expuesta, sus patas eran seis y largas como de gacela, su melena era de león pero blanca como la nieve, su rostro era de calavera y su boca se abría como una flor depravada, con dientes agudos y cortantes a lo largo de sus cuatro mandíbulas.1 Zenobio conocía a los hecatónquiros,2 pero su imaginación no alcanzaba para ver con los ojos de la mente a tales monstruosidades, pero ahora tenía una monstruosidad mayor a la que veía con sus propios ojos, no con su imaginación, pues ella no habría podido crear tal suma de depravaciones.

Eran los perros de guerra del enemigo, y su nombre era Horror, y su nombre era Hambre,3 y mientras salían a cientos del bosque los mercenarios se disponían para la batalla. Los hoplitas con sus lanzas adelante, formando la clásica falange griega,4 los armados con espadas detrás, hombro con hombro, y los arqueros al final, preparando sus arcos con flechas de fuego.

El coloso estaba cien pasos delante de ellos, y las bestias lo alcanzaron primero a él, Zenobio se había preguntado qué clase de enemigo podría contra semejante monstruosidad de hierro y bronce, y la respuesta no fueron los sabuesos del enemigo. Estos corrieron entre sus piernas y se lanzaron a mordisquear los talones del coloso, pero el coloso no era Aquiles, y su brazo derecho terminaba no en un puño sino en un sifón, y ese sifón escupió fuego.

Las bestias ardieron y aullaron y corrieron, las bestias se revolcaron en el suelo y murieron, y así lo hicieron por decenas, impregnando el aire del olor acre de la carne y el pelo quemado. El coloso se transformo en un titán castigador escapado del Tártaro, rodeado de llamas y figuras agonizantes, intocable para sus enemigos. Pero él era un titán, no los mercenarios que lo acompañaban, y ellos vieron con los dientes apretados y miedo en el estomago como una avalancha de bestias feroces y antinaturales los alcanzaba.

Los alcanzaba pero no los sobrepasaba, apretaron los dientes y los testículos, aplastaron el suelo bajo sus pies y mantuvieron firmes las piernas, las manos como garfios en torno a las empuñaduras de sus armas, y resistieron. Zenobio esperaba tras las primeras filas de lanceros, con la espada de fuego entregada por sus compradores en la derecha y la xifos heredada de su abuelo en la izquierda. Fue entonces cuando una de las bestias, saltando por encima de las cabezas de los hoplitas, cayó sobre él, pero él fue más rápido y le hundió la espada de Limnos en el cuello, la criatura cayó aullando y revolcándose, arrancándole la espada de la mano, y vino otra bestia, y esta murió cuando la xifos fue clavada en su garganta. Un tercer sabueso infernal intento atacarlo pero este murió a manos de un tracio, y cuando Zenobio arrancó la espada de Limnos del cuerpo de la bestia, esta enrojeció con el color del metal ardiente, no de la sangre, y la curvada hoja estallo en llamas.

(Aparentemente aquí falta una parte)

Negra era la sangre, y negras las tripas de esas monstruosidades, negra su baba y roja la sangre de los guerreros, y mientras los sobrevivientes formaban un circulo y apretaban sus dientes, rodeados de monstruosas mandíbulas y garras.

Y el suelo tembló, y creyeron que eran los pasos del coloso, aún ardiendo (¿haciendo arder?) a las bestias, pero entonces vieron surgir del bosque algo que era menos deformado que los sabuesos, pero de cierta forma más aberrante.

Ese algo que era un lobo gigantesco, o algo con forma de lobo, despellejado y aullante, y su cabeza llegaba casi a la cintura del coloso, y detrás de él, como el pastor de un rebaño maldito, un hombre más alto que cualquier hombre, vestido con pieles que parecían arrancadas y crudas, no curtidas. Llevaba un báculo nudoso en una mano, coronado por un ojo que miraba la batalla con una pupila inyectada en sangre, mientras que en la otra llevaba una cabeza de lobo, viva y babeante.

—¡Es la Bestia de Adi-Tum!5 —gritó alguien.

Y Zenobio y sus compañeros entendieron entonces –solo entonces- que esta no era una batalla de mortales, sino de dioses, porque sin que hubiera nube alguna en el cielo hubo un trueno, y un relámpago, y un rayo cayó sobre el hombro del coloso. Y cuando el humo se disipo todos pudieron ver a un hombre con armadura resplandeciente, las escamas que la componían relumbraban como electro6 y sostenía en sus manos un pesado martillo de guerra, demasiado grande para ser llevado por un hombre común. El guerrero llevaba un casco con reflejos broncíneos y su rostro estaba oculto tras una máscara que brillaba oro y plata, como el resto de su armadura ¿Pero eso era realmente una máscara? ¿O acaso era su rostro de verdad?

—Se quien es… Se lo que es —Dijo un guerrero al lado de Zenobio— No es Hefesto, aunque también es un dios del martillo y del yunque… es El-Que-Esta-Roto-Y-Debe-Ser-Reparado, me habían hablado de él los predicadores de Limnos, pero yo no creí en el, yo me burlé de sus palabras… ahora todo es cierto, totalmente cierto ¡Sálvanos, oh Mekhane!

Y ese guerrero, un eubeo de rostro cubierto de cicatrices y larga barba negra a la manera de los asiáticos, arrojo su escudo y espada y se arrodillo, extendiendo sus brazos. Y sus compañeros entendieron otra cosa más, que los dioses no se preocupan por las vidas de los mortales o por sus sombras después de la muerte. Porque un sabueso del enemigo saltó y hundió sus varias mandíbulas en torno al cuello del aturdido converso a la fe de Mekhane, la sangre corrió y su espíritu abandono su cuerpo, y la espada llameante de Zenobio se hundió siseante en la carne de la bestia y acabó así con su vida.

El hombre que controlaba a la bestia, el del báculo con un ojo de carne, lanzó un aullido antinatural, un rugido más propio de animal que de hombre, y el lobo despellejado se lanzó contra el coloso, aprisionando entre sus mandíbulas el brazo derecho, el que escupía fuego liquido. El coloso alzo una mano lentamente, cerrada en un puño, y la descargó sobre la bestia, pero esta pareció inmune a los golpes y al dolor. Entonces el guerrero venido del trueno saltó del hombro del gigante y golpeo con su martillo en la cabeza del lobo, y esta vez sí hubo dolor y las mandíbulas dejaron de aprisionar. El coloso intentó cubrir de fuego a la bestia, pero él era de movimientos lentos y la bestia de reflejos rápidos, y nuevamente cerró sus dientes sobre el brazo que lanzaba llamaradas.

El guerrero cubierto de metal, aquel que era un Avatar7 de un Dios hecho pedazos, se había perdido por un momento, pero luego apareció ante los ojos de los mortales, y esta vez en duelo con el Hombre detrás de la Bestia, el martillo giraba y golpeaba, y el báculo con el Ojo de Carne detenía los golpes y los respondía, sus movimientos eran más veloces que los de cualquier hombre, y sus golpes tan fuertes que sus ásperos sonidos podían ser escuchados incluso por los pocos guerreros que quedaban, a pesar de la distancia y la cacofonía propia de una batalla.

Y el bosque ardía, las llamas consumían los arboles y toda vegetación, mientras La Bestia de Adi-tum y El-Que-Esta-Roto-Y-Debe-Ser-Reparado luchaban sin atender a los llantos de los arboles. Porque ellos lloraban, un llanto que no podía ser percibido por los hombres pero si por los dioses, pero ellos lo ignoraban, enfrascados en su batalla.

Pero si fue escuchado por alguien, alguien oyó el dolor del bosque consumiéndose, y se despertó una antigua furia, una furia que era más vieja que el hombre, más vieja que toda creatura de sangre y carne. Tan vieja como los dioses que usaban a los hombres para su guerra. Y El despertó, se sacudió una inmovilidad de siglos, y se levantó.

Fue como si un pequeño monte se pusiera de pie, se sacudió la tierra de encima y echo a andar, era todo verde de musgos y helechos, y su figura no era humana. Era un monte de rocas húmedas y musgosas que caminaba con múltiples piernas, algo aterrador, y pese a eso solo cuando estaba muy cerca tanto El-Que-Esta-Roto como La Bestia se fijaron en él y pararon de pelear.

—Es un Dios del bosque —murmuró alguien, y solo fue oído por Zenobio— Un hijo de Gea8… Se ha enfurecido porque han quemado el bosque ¡Oh, dioses! ¡Míralo! ¡Sin duda es un hermano de Tifón y Echidna!9

El lobo sin piel había sido lanzado a muchos pasos por el coloso, pero se incorporo rápidamente, y en vez de cargar contra el gigante de metal buscó una nueva presa, y esa fue el Dios del bosque. La bestia cargo contra la monstruosidad de roca y musgo, pero esta uso una de sus “patas”, como grandes troncos, para golpearlo y tumbarlo, y otro de sus miembros pisoteo la cabeza del lobo, hundiéndola en la tierra seca y pedregosa.

Y entonces surgió nuevamente el guerrero del martillo, quien dé un salto imposible trepó encima del gigante verde y descargó un golpe sobre lo que era su rostro, a pesar de no tener rostro. El Dios vaciló sobre sus muchas patas y se derrumbo, haciendo temblar la tierra.

(Aparentemente aquí falta una parte)

Y lianas surgieron de la piel del Dios del bosque, y se extendieron como dedos sobre la piel metálica del coloso, y tanteando se introdujeron por los intersticios de su coraza, buscando arrancar a los simples mortales que manipulaban a ese prodigio de la técnica y la sabiduría de un dios.

Y esos hombres, los titiriteros que manipulaban los delicados mecanismos que daban vida al coloso, gritaron de horror cuando tentáculos vegetales los invadieron, y sus gritos fueron apagados rápidamente cuando los zarcillos se enroscaron alrededor de sus cuellos y torsos, apretándolos, rompiendo costillas y aplastando gargantas. Y su alma, junto con su último aliento, escapó rápidamente de sus cuerpos.

Entonces reapareció el hombre de Adi-tum, el pastor de la bestia, y su rostro sangraba y la cuenca de su ojo estaba vacía, pero las terribles heridas no habían disminuido la furia y el odio de su rostro. Y el hombre gritó, un aullido más propio de un animal herido que algo salido de una garganta humana. Y los sabuesos dejaron de atormentar a los pocos mercenarios aun vivos, y les dieron un respiro que usaron para reagruparse. Pero los perros del enemigo se congregaron por cientos en medio del campo de batalla, y saltaron unos sobre otros, y se mordieron unos a otros, y entrelazaron sus garras y se derritieron como velas consumidas, y ante el espanto de los pocos mortales –mortales que ya habían visto mucho horror ese día- se irguió en el resplandor de los incendios una nueva bestia, mayor incluso que el lobo sin piel, pero hecho de cientos de pequeñas bestias horrendas, supurando baba y pus.

Y el hombre de Adi-tum salto sobre el lomo de la nueva bestia, y con su báculo, que conservaba su Ojo de Carne aún vivo, apuntó hacia el Dios del bosque.

Este Dios aun cubría con sus raíces y lianas al coloso, pero las retiró rápidamente y lo abandonó, con lo cual el gigante cayó con un estruendo de metal sobre roca, con sus mecanismos paralizados y sus ocupantes muertos a manos de los zarcillos del gigante de roca y musgo. Y la primera bestia, con sangre en la cabeza y fragmentos de hueso asomándose por sus heridas, lo atacó y mordió una de sus muchas patas, y la segunda bestia la acompaño en su furia.

La noche caía, y era iluminada en sangre por los incendios que consumían el bosque y los cadáveres de animal y hombre, y los pocos mercenarios aún vivos, pero heridos más allá de lo soportable, no solo su cuerpo sino que también su mente, huyeron, dispersándose por la tierra.

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